Páginas vistas en total

jueves, 4 de febrero de 2010

"Tres Hermanas" Anton Chejov








Anton Pavlovich Chejov

Tres hermanas


.o0o.


Índice
Tres hermanas
(Tri siostri)
Traducción de E. Podgursky
Acto primero
Acto segundo
Acto tercero
Acto cuarto

**************










Drama en cuatro actos
(1900)
PERSONAJES
ANDREI SERGUEEVICH PROSOROV.
NATALIA IVANOVNA, su novia y después su mujer.
OLGA, MASCHA, IRINA, sus hermanas.
FEDOR ILICH KULIGUIN, profesor en un colegio, esposo de Mascha.
ALEXANDER IGNATIEVICH VERSCHININ, teniente coronel al mando de una batería.
NIKOLAI LVOVICH, BARÓN TUSENBACH, primer teniente.
VASILI VASILLEVICH SOLIONII, capitán.
IVÁN ROMANOVICH CHEBUTIKIN, médico militar.
ALEKSEI PETROVICH FEDOTIK, segundo teniente.
VLADIMIR KARLOVICH RODE, segundo teniente.
FERAPONT, guarda del Ayuntamiento. Un viejo.
ANFISA, el ama. Anciana de ochenta años.
La acción tiene lugar en una ciudad de provincia.



Acto primero
La escena representa una sala de la casa de los PROSOROV a través de cuyas columnas se divisa un gran salón. Es mediodía.
En la calle brilla un sol alegre, y en el salón se dispone la mesa para el almuerzo.



Escena I
OLGA, vestida con el uniforme azul de profesora de un colegio de niñas, corrige, de pie y andando, los cuadernos de sus alumnas. MASCHA, de negro, y sentada, con el sombrero descansando sobre las rodillas, lee en un libro. IRINA, de blanco, está de pie, en actitud pensativa.
OLGA.-Hoy hace un año justo que murió nuestro padre... Exactamente en este cinco de mayo, Irina, día de tu santo... Hacía mucho frío y nevaba... Creí entonces no poder sobrevivir a aquello... Tú te habías desmayado y estabas tendida como una muerta... Ha pasado un año, sin embargo, y ya nos es fácil recordarlo... Ahora vistes de blanco y tu cara resplandece. (Dan las doce.) ¡También entonces sonó el reloj!... Recuerdo que se llevaron a nuestro padre con música, y que en el cementerio se dispararon salvas... Aunque era general de brigada, el acompañamiento fue muy numeroso... ¡Verdad que caían a cántaros la lluvia y la nieve!...
IRINA.-¿Para qué recordarlo?



Escena II
A través de las columnas, se ve entrar en el salón a TUSENNBACH, a CHEBUTIKIN y a SOLIONII.
OLGA.-Hoy no hace ningún frío, se pueden tener las ventanas de par en par y, sin embargo, los abedules no han abierto todavía... Hace once años que nuestro padre recibió el mando de la brigada y que salimos con él de Moscú... Recuerdo perfectamente que en Moscú, por esta época, a primeros de mayo, todo está ya florecido, inundado de sol, y hace un tiempo hermoso... ¡Once años y aún me acuerdo de aquello como si me hubiera ido de allí ayer!... ¡Dios mío!... ¡Cuando me desperté esta mañana había tal cantidad de luz!... ¡Vi la primavera, el alma se me emocionó y deseé ardientemente volver allí!...
CHEBUTIKIN.-¡Diablos!
TUSENBACH.-¡Claro que no son más que tonterías! (MASCHA, pensativa y con la cabeza inclinada sobre el libro, silba ligeramente una canción.)
OLGA.-No silbes, Mascha... No es bonito. (Pausa.) Este ir todos los días al colegio y pasarme luego el tiempo dando lecciones hasta el anochecer, me produce un constante dolor de cabeza y despierta en mí la idea de la vejez... Y, en efecto, en estos cuatro años que llevo trabajando en el colegio siento cómo se me han ido escapando, día a día y gota a gota, las fuerzas y la juventud. ¡Solo una cosa crece y se fortalece dentro de mí: un sueño!...
IRINA.-Sí... Él de marcharse a Moscú..., vender la casa, terminar con todo esto, y... a Moscú.
OLGA.-Sí. A Moscú cuanto antes. (CHEBUTIKIN y TUSENBACH ríen.)
IRINA.-Nuestro hermano se hará, seguramente, profesor, y no se quedará a vivir aquí. Lo único que nos retiene es la pobre Mascha.
OLGA.-Mascha vendrá todos los años a Moscú a pasar el verano. (MASCHA silba alegremente una canción.)
IRINA.-Si Dios quiere, todo se arreglará. (Fijando la vista en la ventana.) ¡Qué buen tiempo hace!... ¡No se por qué tengo hoy en el alma tanta luz!... ¡Esta mañana, al recordar que era el día de mi santo, me dio de pronto una alegría!... Y me acordé de cuando era pequeña y vivía aún mamá... ¡Y qué pensamientos más placenteros los míos!
OLGA.-¡Hoy estás de un radiante y te me pareces tan extraordinariamente bonita!... También Mascha lo es mucho... Andrei estaría muy bien si no hubiera engordado tanto..., lo cual no le va. Yo, en cambio, he envejecido y he adelgazado mucho. ¡Seguramente por lo que en el colegio me enfado con las niñas! Hoy, por ejemplo, que estoy libre y en casa, no me duele la cabeza y me siento más joven que ayer... No tengo más que veintiocho años... ¡Claro que todo está bien!... ¡Que todo es voluntad de Dios!..., pero se me figura que si estuviera casada y tuviera que pasarme el día en casa, estaría mejor. (Pausa.) Querría a mi marido...
TUSENBACH.-(A SOLIONII.) ¡Qué tonterías dice usted! ¡Me aburre escucharle! (Entrando en la sala.) Olvidaba decirles que hoy vendrá a hacerles una visita Verschinin, nuestro nuevo jefe de batería. (Se sienta ante el piano.)
OLGA.-Muy bien. Encantada.
IRINA.-¿Es viejo?
TUSENBACH.-No... No mucho. Tendrá, a lo sumo, cuarenta o cuarenta y cinco años. (Empieza a tocar suavemente.) Parece simpático, y seguro que no tiene nada de tonto, aunque habla mucho.
IRINA.-¿Es hombre interesante?
TUSENBACH.-Sí..., no está mal. Tiene mujer, suegra y dos niñas. Hay que decir también que es casado dos veces. Cuando va de visita, en todas partes cuenta que tiene mujer y dos niñas. Aquí lo dirá igualmente... Su mujer es una alocada de larga trenza, que no habla más que de temas superiores, filosofía y, de cuando en cuando, intenta suicidarse, seguramente por fastidiar a su marido... Yo hace mucho tiempo que me hubiera marchado, pero él se lo aguanta y se contenta con lamentarse.
SOLIONII.-(Dejando el salón y entrando en la sala seguido de CHEBUTIKIN.) ¡Con una mano no soy capaz de levantar más de «pud» (1) y medio, y con las dos levanto cinco y hasta seis, por lo que llego a la conclusión de que dos hombres no tienen el doble, sino el triple y quizá más, de la fuerza de uno solo!...
CHEBUTIKIN.-(Andando y leyendo el periódico.) «Para la caída del pelo, dos gramos de naftalina por media botella de alcohol... Diluir y aplicar diariamente»... (Escribiendo en el libro de apuntes.) Tomaremos nota. (A SOLIONII.) De manera que, como le iba diciendo, el corchito se mete en la botellita atravesada por un tubito de cristal. Luego coge usted un puñado de alumbre.
IRINA.-¡Iván Romanich! ¡Querido Iván Romanich!
CHEBUTIKIN.-¿Qué hay, nenita mía?... ¡Mi alegría!
IRINA.-¡Dígame! ¿Por qué me siento hoy tan feliz?... ¡Me parece enteramente tener alas y, encima de mi cabeza, un ancho cielo azul por el que pasaran volando grandes pájaros blancos!... ¿Por qué será? ¿Por qué?
CHEBUTIKIN.-(Con ternura, besándole ambas manos.) ¡Mi pájaro blanco!
IRINA.-¡Hoy, cuando me desperté, me levanté y me lavé, me pareció de pronto que todo estaba claro para mí en este mundo! ¡Que sabía cómo hay que vivir!... ¡Y lo sé, querido Iván Romanich!... ¡El hombre, sea quien sea, tiene que trabajar con el sudor de su frente! ¡En esto solo está el sentido y el fin de su vida, de su felicidad, de sus entusiasmos!... ¡Qué hermoso ser el picapedrero que, apenas amanece, se levanta para picar piedras en la calle..., o el pastor, o el maestro que instruye niños..., o el maquinista del ferrocarril!... ¡Dios mío!... ¡No digo ya ser hombre!... ¡Preferible es ser un buey o un simple caballo y trabajar..., que ser la mujer joven que se levanta a las doce, toma su café en la cama e invierte dos horas vistiéndose!... ¡Oh, qué terrible!... ¡Esa sed de beber que se siente en día de calor, tengo yo de trabajar!... ¡Y si no madrugo y no trabajo, retíreme su amistad, Iván Romanich!
CHEBUTIKIN.-(Con ternura.) Se la retiraré, se la retiraré...
OLGA.-Nuestro padre nos acostumbró a levantarnos a las siete... Ahora, Irina se despierta a esa hora; pero hasta las nueve, por lo menos, se está en la cama pensando en no sé qué... ¡Y con una cara tan seria! (Ríe.)
IRINA.-¡Es que estás acostumbrada a considerarme como una niña, y te resulta raro verme seria!... ¡Tengo ya veinte años!
TUSENBACH.-¡Esa tristeza del no trabajar..., cómo la comprendo, Dios mío!... ¡Yo no he trabajado nunca en mi vida! ¡Nací en un Petersburgo frío y ocioso...; de una familia que no supo nunca de trabajo ni de privaciones!... ¡Recuerdo que cuando volvía de «Korpues» (2), el lacayo me quitaba las botas y yo me ponía a hacer caprichos bajo la mirada de adoración de mi madre, que se asombraba de que los demás no me vieran como ella!... ¡Se me preservaba del trabajo, aunque quizá no consiguieron impedírmelo del todo!... ¡La hora ha llegado de que se cierna sobre nosotros una inmensidad de nubes..., de que se prepare una fuerte y sana tormenta que ya avanza y está próxima y que de un soplo ahuyentará pronto de nuestra sociedad la pereza, la indiferencia, el prejuicio contra el trabajo y el podrido aburrimiento!... ¡Yo trabajaré, y dentro de veinticinco o treinta años trabajarán todos los hombres! ¡Todos!
CHEBUTIKIN.-Yo no trabajaré.
TUSENBACH.-A usted no se le cuenta.
SOLIONII.-¡Dentro de veinticinco años, ya no estará usted en este mundo, gracias a Dios!... ¡Dentro de dos o tres años le dará, probablemente, un soponcio a la cabeza y se morirá, o yo, ángel mío, en un momento de arrebato, le pegaré un tiro en la frente! (Saca del bolsillo un frasco de perfume y se rocía con él el pecho y las manos.)
CHEBUTIKIN.-(Riendo.) ¡La verdad es que yo nunca hice nada!... ¡Salí de la universidad y no volví a dar golpe! ¡Ni siquiera a leer un libro! ¡No leo más que el periódico! (Sacando otro del bolsillo.) ¡Aquí tengo uno! ¡Por los periódicos me entero de que existió, por ejemplo, un tal Dobroliubov... (3), pero... ¿qué fue lo que escribió?... No lo sé... ¡Solo Dios lo sabrá!... (Se oyen unos golpecitos en el suelo dados en el techo del piso inferior.) Aquí está ya. Me llaman abajo. Es alguien que viene a verme. En seguida vuelvo. Espérenme. (Sale apresurado atusándose la
barba.)
IRINA.-Con seguridad está tramando algo.
TUSENBACH.-Sí. Llevaba una expresión de cara muy solemne. Subiré ahora con un regalo.
IRINA.-¡Qué desagradable!
OLGA.-¡Sí, es terriblemente desagradable! ¡No hace más que tonterías!
MASCHA.-(Levantándose y canturreando a media voz.)
¡Junto al mar hay un roble verde,
con una cadena de oro prendida en él!
Con una cadena de oro prendida en él...

OLGA.-Hoy no estás alegre, Mascha. (Ésta, siempre canturreando, se pone el sombrero.) ¿Adónde vas?
MASCHA.-A casa.
IRINA.-¡Qué raro!
TUSENBACH.-¡Irse en un día de santo!
MASCHA.-Es igual... Vendré a la tarde. Adiós, querida mía. (Abrazando a IRINA.) Otra vez vuelvo a desearte que seas muy feliz y tengas mucha salud... En otros tiempos, en vida de nuestro padre, en los días de santo no bajaban de treinta o cuarenta los oficiales que venían a casa... ¡Qué animación aquella!... ¡Ahora, en cambio, no hay aquí más de persona y media, y la misma calma que en el desierto! Me marcho... Hoy me siento algo melancólica... No estoy alegre... ¡Pero tú no me hagas caso! (Riendo entre lágrimas.) Ya hablaremos después. Entre tanto..., adiós, querida mía... Me iré a alguna parte... IRINA.-(Contrariada.) ¡Ay..., cómo eres!
OLGA.-(Entre lágrimas.) Te comprendo, Mascha...
SOLIONII.-¡Cuando un hombre filosofa, sale una filosofística..., o una sofística...; pero si es una mujer o dos las que filosofan, lo que sale es un «tírame de este dedo»!
MASCHA.-¿Qué quiere usted decir con eso, hombre terrible?
SOLIONII.-Nada... «Apenas había tenido tiempo de respirar, ya el oso se le había echado encima» (4).(Pausa.)
MASCHA.-(A OLGA, con enfado.) ¡No llores!



Escena III
Entran ANFISA y FERAPONT con una tarta.
ANFISA.-¡Por aquí, padrecito! ¡Entra! ¡Tienes los pies limpios! (A IRINA.) Es de la Diputación. De Protopopov, Mijail Ivanich... Una tarta...
IRINA.-Gracias. Dale las gracias. (Coge en sus manos la tarta.)
FERAPONT.-¿Cómo dice?
IRINA.-(Alzando la voz.) ¡Que le des las gracias!
OLGA.-Amita..., dale un poco de tarta. Anda, Ferapont... Ahí te darán tarta.
FERAPONT.-¿Cómo dice?
ANFISA.-¡Vamos, padrecito Ferapont Spiridonich! ¡Vamos! (Salen
ambos.)
MASCHA.-¡No me gusta ese Protopopov... Mijail Potapich o Mijail Ivanich!... ¡No hay que invitarle!
IRINA.-Yo no le he invitado.
MASCHA.-Mejor que mejor.



Escena IV
Entra CHEBUTIKIN, seguido de un soldado cargado con un «samovar» de plata. Se oyen exclamaciones de asombro y desaprobación.
OLGA.-(Cubriéndose el rostro con las manos.) ¡Un «samovar»!... ¡Es terrible! (Entrando en el salón, se dirige a la mesa.)
IRINA.-¡Iván Romanich! ¡Querido!... ¿Qué hace usted?
TUSENBACH.-¿No se lo había dicho?
MASCHA.-¡Iván Romanich! ¡No tiene usted vergüenza!... ¡Sencillamente, no la tiene usted!
CHEBUTIKIN.-¡Queridas mías!... ¡Son ustedes lo único que tengo!... ¡Lo más precioso para mí en este mundo!... ¡Pronto cumpliré los sesenta! ¡Soy un viejo! ¡Un solitario! ¡Un viejo inútil!... ¡No hay nada bueno en mí salvo este amor que les tengo, y, si no fuera por ustedes, hace tiempo que no estaría ya en el mundo! (A IRINA.) ¡Mi nenita querida!... ¡La conozco desde el día que nació! ¡La llevé en mis brazos! ¡Tuve gran cariño a su difunta madre!
IRINA.-Pero ¿por qué hacer unos regalos tan caros?
CHEBUTIKIN.-(Entre lágrimas, pero enfadado.) ¡Regalos caros!... ¡Vaya una cosa!... (Al Asistente.) ¡Llévate allí el samovar! (Remedándola.) ¡Regalos caros!... (El Asistente transporta el samovar al salón.)
ANFISA.-(Entrando en la sala.) ¡Queridas!... Ahí está un coronel que no conozco. Ya se ha quitado el abrigo, nenitas, y viene hacia acá. ¡Arinuschka!... ¡Sé amable!... ¡Sé cariñosa! (Saliendo.) ¡Hace tiempo que ya es hora de almorzar!... ¡Dios mío!...
TUSENBACH.-Verschinin, seguramente. (Entra VERSCHININ.) ¡El teniente coronel Verschinin!
VERSCHININ.-(A MASCHA y a IRINA.) Tengo el honor de presentarme... Verschinin... ¡Cuánto, cuánto me alegro de verme, por fin, en su casa!... ¡Ay, ay..., qué cambiadas están!...
IRINA.-¡Siéntese, por favor!... ¡También nosotras le vemos con mucho gusto!
VERSCHININ.-(En tono jovial.) ¡Qué contento estoy! ¡Pero son ustedes tres..., las hermanas!... Yo recuerdo a tres niñas. De sus caras no me acordaba, pero sí de que su padre, el coronel Prosorov, tenía tres niñas pequeñas. Esto lo recuerdo perfectamente, porque las vi con mis propios ojos... ¡Cómo pasa el tiempo!
TUSENBACH.-Alexander Iganatievich es de Moscú.
IRINA.-¿De Moscú?... ¿Es usted de Moscú?...
VERSCHININ.-De allí soy, en efecto. Su difunto padre era allá jefe de batería cuando yo estaba de oficial en la misma brigada. (A MASCHA.) Me parece recordar un poco su cara.
MASCHA.-Pues yo a usted no le recuerdo.
IRINA.-¡Olga! ¡Olga!... (Alzando la voz y dirigiendo su llamada al salón.) ¡Ven acá, Olga! (OLGA entra en la sala.) Resulta que el teniente coronel Verschinin es de Moscú!
VERSCHININ.-¿Entonces..., ésta es Olga Sergueevna, la mayor, usted es María. Y usted, Irina, la pequeña?...
OLGA.-¿Conque es usted de Moscú?
VERSCHININ.-Sí... En Moscú estudié y en Moscú entré en el servicio, residiendo allí bastante tiempo... Luego me dieron el mando de esta batería y aquí me vine, como ven ustedes... En realidad, las recordaba poco... Solo que eran tres hermanas... Su padre, en cambio, se quedó grabado en mi memoria, y si ahora, por ejemplo, cierro los ojos, sigo viendole como cuando estaba en vida... Solía visitarles en Moscú...
OLGA.-¡Y yo que creía que me acordaba de todo el mundo, resulta que...!
VERSCHININ.-Mi nombre es Alexander Ignatievich.
IRINA.-¡Conque de Moscú, Alexander Ignatievich! ¡Qué sorpresa!
OLGA.-Nosotras tenemos intención de trasladarnos allí.
IRINA.-Esperamos estar allí ya para el otoño... Es nuestra ciudad... En la que nacimos... En la calle Staraia Basmannaia... (Ambas ríen de contento.)
MASCHA.-¡Cuando menos lo esperábamos, encontramos un paisano! (En tono vivo.) ¡Ahora empiezo a acordarme!... ¿Recuerdas, Olga, a uno que llamaban en casa «el Mayor enamorado»?... ¡El teniente entonces era usted! ¡Estaba usted enamorado de alguien, y todos, no sé por qué, por hacerle sin duda rabiar, le llamaban «Mayor»!
VERSCHININ.-¡Eso, eso!... ¡El «Mayor enamorado»!... ¡Eso!
MASCHA.-¡No tenía usted más que bigote!... ¡Oh, como ha envejecido! (Saltándosele las lágrimas.) ¡Cómo ha envejecido!
VERSCHININ.-¡Sí!... ¡Cuando me llamaban «el Mayor enamorado» era joven y estaba, en efecto, enamorado!... ¡Qué diferente es ahora todo!
OLGA.-¡Pero si no tiene usted ni una cana! ¡Está usted envejecido, pero todavía no es viejo!
VERSCHININ.-¡Sin embargo, tengo ya cuarenta y dos años!... ¿Hace mucho que dejaron ustedes Moscú?
IRINA.-¡Once años!... Bueno; pero ¿por qué lloras, Mascha?... ¡Qué tonta! (Entre lágrimas.) ¡A mí también me estás haciendo llorar!
MASCHA.-¡No es nada!... ¿En qué calle vivía usted?
VERSCHININ.-En la Staraia Basmannaia.
OLGA.-Como nosotras...
VERSCHININ.-En tiempo, viví en la calle Nemetzkaia... Recuerdo que, para ir de la calle Nemetzkaia a los cuarteles Krasnie, tenía que pasar por un sombrío puente bajo el que se oía el chapoteo del agua... ¡A un solitario le dará tristeza atravesarlo!... (Pausa.) ¡Aquí, en cambio, el río es tan ancho, tan caudaloso!... ¡Es un río maravilloso!
OLGA.-Sí, pero hace frío... Hace frío y hay mosquitos.
VERSCHININ.-¡No digan!... ¡El clima es aquí tan sano!... ¡Tan bueno!... ¡Bosque, río y hasta abedules!... ¡Simpáticos y tímidos abedules!... ¡Son los árboles que más quiero!... ¡Qué hermoso es vivir aquí! ¡Lo que sí se extraña es que esté la estación, nadie sabe por qué, a una distancia de veinte verstas!
SOLIONII.-Pues yo sí sé por qué. (Todos le miran.) Porque si la estación estuviera cerca, no estaría lejos, y si está lejos, es porque no está cerca... (Se hace un silencio incómodo.)
TUSENBACH.-¡Qué bromista es usted, Vasilii Vasilievich!...
OLGA.-¡Yo también le recuerdo ahora!... ¡Le recuerdo, sí!
VERSCHININ.-Conocí también a su madre.
CHEBUTIKIN.-¡Qué buena era! ¡En paz descanse!
IRINA.-Mamá está enterrada en Moscú.
OLGA.-En el monasterio Novo-Devichii...
MASCHA.-¡Figúrese que ya empieza a olvidárseme su cara!... ¡Lo mismo nos olvidarán a nosotros!
VERSCHININ.-Si... Nos olvidarán. ¡Ése es nuestro sino, contra el que nada se puede!... ¡Lo que ahora nos parece serio, significativo, de gran importancia..., llegará el día en que lo olvidemos o se nos antoje poco importante!... ¡Es interesante, en realidad!... En el momento actual no podemos saber qué, con el tiempo, llegará a tenerse por importante y qué por lastimoso y ridículo. ¿Acaso el descubrimiento de Copérnico o el de Colón no fueron considerados, en sus principios, como fútiles y risibles, mientras cualquier majadería que escribiera un chiflado era tenida por una verdad?... ¡Puede que esta vida actual nuestra, que ahora nos satisface, llegue un día a resultar extraña, incómoda, necia, y no solo insuficientemente pura, sino hasta pecaminosa!...
TUSENBACH.-¡Quién sabe!... ¡Quizá, por el contrario, se la califique de superior y se la recuerde con respeto! ¡Ahora no hay martirios, ni ejecuciones, ni invasiones!... ¡Cuántos sufrimientos quedan, sin embargo!
SOLIONII.-(Con voz chillona.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»... ¡El barón prefiere la filosofía a la comida!
TUSENBACH.-¡Vasil Vasilich! ¡Le ruego que me deje en paz! ¡Resulta ya cargante! (Cambia de sitio.)
SOLIONII.-(Con voz chillona.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...
TUSENBACH.-(A VERSCHININ.) Los sufrimientos que ahora apreciamos..., ¡y son tantos!..., nos hablan, sin embargo, de un cierto grado de altura moral, alcanzado ya por la sociedad...
CHEBUTIKIN.-¡Dice usted, barón, que un día llamarán «alta» a nuestra vida..., pero no será por sus gentes!... (Poniéndose en pie.) ¡Miren que bajito soy! ¡Será por consolarme por lo que lleguen a llamarla alta!... (De detrás del escenario llega el sonido de un violín.)
MASCHA.-Es Andrei, nuestro hermano, el que toca...
IRINA.-¡Es todo un sabio!... ¡Desde luego llegará a profesor!... Papá era militar, pero su hijo escogió una carrera científica.
MASCHA.-Conforme al deseo de papá.
OLGA.-Hoy le hemos estado haciendo rabiar. Parece ser que anda algo enamorado...
IRINA.-De una señorita de la localidad. Luego vendrá, seguramente.
MASCHA.-¡Ay..., pero cómo se viste!... ¡Aunque no lleve cosas feas o pasadas de moda..., sencillamente da lástima!... ¡Suele ponerse una falda rarísima, amarillo fuerte, adornada con un fleco de lo más vulgar, y acompañada de una blusa roja! ¡Y sus mejillas resultan tan fregadas!... ¡Andrei no está enamorado! ¡No puedo admitir siquiera la idea!... ¡Es, sencillamente, porque nos quiere hacer rabiar, por lo que hace esas tonterías!... Ayer oí decir que ella se casaba con Protopopov, el presidente de la Diputación... ¡Ojalá fuera así! (Volviendo la cabeza hacia la puerta inmediata.) ¡Andrei! ¡Ven acá! ¡Solo un momento, querido!



Escena V
Entra ANDREI.
OLGA.-Mi hermano, Andrei Sergueich.
VERSCHININ.-(Presentándose.) ¡Verschinin!
ANDREI.-(Presentándose.) ¡Prosorov! (Enjugándose el sudor del rostro.) ¿Aquí al mando de la batería?
OLGA.-¡Figúrate que Alexander Ignatievich es de Moscú!...
ANDREI.-¿Sí?... Pues que sea en buen hora... Mis hermanas, desde este momento, ya no le dejarán en paz.
VERSCHININ.-Ya he tenido tiempo de aburrirlas.
IRINA.-¡Mire el marquito de retrato que me ha regalado hoy Andrei! (Mostrándole el marquito.) ¡Está hecho por él mismo!
VERSCHININ.-(Contemplándolo sin saber qué decir.) Sí... Es...
IRINA.-¡Y aquel otro de encima del piano, también lo hizo él! (ANDREI, con un gesto de impaciencia, se aparta del grupo.)
OLGA.-¡Tenemos en él a todo un sabio!... ¡Toca el violín y talla infinidad de cositas! ¡En una palabra: lo domina todo!... ¡Andrei! ¡No te vayas!... ¡Ha tomado la costumbre de marcharse! ¡Ven acá! (MASCHA e IRINA, entre risas y cogiéndole por los brazos, le obligan a volver.)
MASCHA.-¡Ven! ¡Ven!
ANDREI.-¡Dejadme, por favor!
MASCHA.-¡Tiene gracia! ¿No llamaban en tiempos a Alexander Ignatievich «el Mayor enamorado» y no se enfadaba en absoluto?
VERSCHININ.-En absoluto.
MASCHA.-¡Pues yo quiero llamarte a ti «el violinista enamorado»!
IRINA.-¡O «el profesor enamorado»!
OLGA.-¡Porque Andriuschka está enamorado!... ¡Está enamorado!
IRINA.-(Aplaudiendo.) ¡Bravo! ¡Bravo!... ¡Bis!... ¡Andriuschka está enamorado!
CHEBUTIKIN.-(Acercándose a ANDREI por la espalda y cogiéndole con ambas manos por el talle.) «¡Solo para el amor fuimos creados por la Naturaleza!» (Ríe, siempre sin separarse del periódico.)
ANDREI.-¡Bueno..., basta, basta!... (Enjugándose el rostro.) No he pegado los ojos en toda la noche, y no me encuentro ahora en caja... Me puse a leer hasta las cuatro; después me eché, pero no conseguí nada... Pensando en esto y en lo otro, llegó el amanecer, y la alcoba se me llenó de sol... Quiero este verano, mientras estoy aquí, traducir un libro del inglés.
VERSCHININ.-¿Lee usted inglés?
ANDREI.-Sí; nuestro padre, que en paz descanse, nos martirizaba con la educación... Resulta cómico y tonto, pero hay que reconocer que desde que murió empecé a engordar... ¡Engordé en un año, como engorda el que le quitan de encima un gran peso!... Gracias a nuestro padre, mis hermanas y yo sabemos francés, inglés, alemán..., e Irina italiano...; pero..., ¡qué no nos costaría!
MASCHA.-¡En una ciudad como ésta, poseer tres idiomas es un lujo inútil!... ¡Ni un lujo siquiera! ¡Un aditamento sobrante!... ¡Tenemos muchos conocimientos superfluos!
VERSCHININ.-¡Vamos!... ¡Conque tienen ustedes muchos conocimientos superfluos! ¡A mí, en cambio, se me figura que no puede existir ciudad, por aburrida y triste que sea, en la que no resulte necesaria la persona inteligente e instruida!... ¡Admitamos que entre los cien mil habitantes de esta ciudad, desde luego atrasada, solo haya tres que se les asemejen!... ¡Naturalmente, serán ustedes incapaces de dominar a la masa oscura que les rodea!... ¡Poco a poco, en el curso de la vida, se verán ustedes obligados a ceder, a perderse en la muchedumbre de las cien mil personas!... ¡La vida les ahogará; pero su existencia, sin embargo, no habrá pasado sin dejar rastro!... ¡Después de ustedes..., iguales a ustedes..., habrá primero seis, luego doce, y así sucesivamente hasta que sea la gente como ustedes la que constituya la mayoría!... ¡Dentro de doscientos o trescientos años, la vida será indescriptiblemente maravillosa! ¡Ésa es la vida que el hombre necesita, y si actualmente no la tiene, ha de presentirla, esperarla, soñar con ella, prepararse para ella!... ¡Por eso, tiene que saber más y ver más de lo que supieron y vieron su padre y su abuelo!... (Riendo.) ¡Y usted lamentándose y llamando superfluos a sus conocimientos!
MASCHA.-(Quitándose el sombrero.) Me quedo a almorzar.
IRINA.-(Con un suspiro.) ¡La verdad es que deberíamos tomar nota de todo esto! (ANDREI ha dejado, sin ser visto, la estancia.)
TUSENBACH.-¿Dice usted que la vida, al cabo de muchos años, será maravillosa? ¡Cierto..., cierto que, para intervenir ahora en ella, aunque solo sea de lejos, hay que prepararse..., que trabajar!...
VERSCHININ.-(Levantándose.) ¡Desde luego!... Pero ¡cuántas flores hay aquí! (Mirando a su alrededor.) ¡Tienen ustedes un piso magnífico! ¡Las envidio!... ¡Yo he rodado toda mi vida por esos pisitos amueblados con dos sillas y un diván, en los que las estufas hacen humo!... ¡Lo que me faltó siempre en la vida es precisamente estas flores!... (Frotándose las manos.) ¡En fin, qué se le va a hacer!
TUSENBACH.-¡Sí!... ¡Es menester trabajar!... ¡Seguro que está usted pensando: «al alemán éste te he conmovido... »; pero le doy mi palabra de honor de que soy ruso y de que ni siquiera hablo alemán! ¡Mi padre es ortodoxo! (Pausa.)
VERSCHININ.-(Dando algunas vueltas por el escenario.) ¡Con frecuencia se me ocurre pensar en si sería posible empezar otra vida y, además, vivirla de un modo consciente!... ¡La vida ya vivida sería el borrador, y la nueva, el llamado «escrito en limpio»!... ¡Todos, entonces, creo yo, pondríamos nuestros mayores afanes en no repetirnos a nosotros mismos!... ¡Yo, por lo menos, daría un nuevo ambiente a mi vida! ¡Me instalaría en un piso como éste..., con flores y mucha luz!... Tengo una mujer y dos hijas... Hay que decir que mi mujer está enferma, etcétera... Si tuviera que volver a vivir, no me casaría...



Escena VI
Entra KULIGUIN, de uniforme de gala.
KULIGUIN.-(Acercándose a IRINA.) ¡Hermana querida!... ¡Permíteme que te felicite en el día de tu santo y que te desee de todo corazón cuanto pueda desearse a una joven de tus años! ¡Te traigo también como regalo este libro! (Ofreciéndole uno.) Es una historia, escrita por mí, de nuestro colegio, que comprende sus cincuenta años de existencia. El libro es insignificante y ha sido escrito por mí, por no tener nada mejor que hacer, pero, no obstante, léelo. ¡Buenos días, señores! (A VERSCHININ.) ¡Kuliguin!... Profesor del colegio local y consejero civil. (A IRINA.) El libro contiene una referencia a cuantos, en el curso de estos cincuenta años, terminaron sus estudios en nuestro colegio... «Feci quod potui; faciant meliora potentes...» (Besa a MASCHA.)
IRINA.-¡Pero si ya me regalaste uno igual por Pascua de Resurrección!
KULIGUIN.-¿Será posible?... Devuélvemelo entonces, o si no..., quizá sea mejor que se lo des al coronel... Tómelo, coronel... Algún día el aburrimiento le hará leerlo.
VERSCHININ.-Muy agradecido. (Disponiéndose a marcharse.) ¡Encantado de haberlas saludado!
OLGA.-¿Que se marcha usted?... ¡No! ¡No!...
IRINA.-¡Se queda usted a almorzar con nosotros!... ¡Por favor!...
OLGA.-¡Se lo ruego!
VERSCHININ. -(Con una inclinación cortés.) ¡Según parece, he caído aquí en un día de santo!... ¡Perdone que, por no saberlo, no la haya felicitado! (Se traslada con OLGA al salón.)
KULIGUIN.-¡Hoy, señores, es domingo y, por tanto, día de descanso!... ¡Descansemos, pues!... ¡Divirtámonos todos, cada uno conforme a su edad y situación!... Por cierto, hay que quitar las alfombras durante el verano y guardarlas hasta el invierno con naftalina o polvos persas... ¡Los romanos eran gente sana! ¡Sabían trabajar, pero sabían también descansar! ¡Tenían una «mens sana in corpore sano»!... ¡Su vida fluía con arreglo a determinadas formas!... Nuestro director suele decir: «¡Lo importante en una vida es su forma!» «¡Lo que pierde su forma, acaba!»... Así ocurre igualmente en nuestra vida cotidiana... (Cogiendo a MASCHA por el talle y riendo.) ¡Mascha me quiere! ¡Mi mujer me quiere!... Las cortinas hay que guardarlas también con las alfombras... ¡Hoy estoy contento y de un humor magnífico!... ¡A las cuatro, Mascha, iremos a casa del director! ¡Se está organizando un paseo de pedagogos con sus familias!
MASCHA.-Yo no voy.
KULIGUIN.-(Disgustado.) ¡Querida!... ¿Por qué?
MASCHA.-Luego hablaremos. (Con enfado.) ¡Iré, bueno...; pero déjame, por favor. (Se aparta de él.)
KULIGUIN.-¡Pasaremos después la tarde en casa del director!... ¡Es un hombre que, pese a lo precario de su salud, hace los mayores esfuerzos por mostrarse sociable! ¡Tiene un carácter magnífico y franco! ¡Excelente persona!... Ayer, después del consejo, me decía: «Estoy cansado, Fedor Ilich!... ¡Estoy cansado!» (Tras una mirada al reloj de pared y otra al suyo.) Su reloj adelanta siete minutos... «Sí... -decía-. ¡Estoy cansado!» (De detrás del escenario llega el sonido de un violín.)
OLGA.-¡Tengan la bondad! ¡Pasen a almorzar!
KULIGUIN.-¡Ay, mi querida Olga!... ¡Lo que trabajé ayer! ¡Desde la mañana hasta las once de la noche! ¡Acabé cansadísimo, pero hoy me encuentro feliz! (Se dirige a la mesa, en el salón.)
CHEBUTIKIN.-(Guardándose el periódico en el bolsillo y atusándose la barba.) «¡Pirog!» (5), ¡Magnífico!
MASCHA.-(En tono severo, a CHEBUTIKIN.) ¡Cuidado., ¡No beba nada! ¿Me oye?... ¡Le hace daño!
CHEBUTIKIN.-¡Bah!... ¡Eso ya pasó! ¡Hace ya dos años que no bebo, y además... (Impacientándose.), qué más da!
MASCHA.-¡No se atreva, de todos modos! ¡No se atreva! (Con enfado, pero evitando que su marido la oiga.) ¡Diablos!... ¡Otra vez a aburrirse en casa del director!
TUSENBACH.-Yo que usted no iría. La cosa es sencilla.
CHEBUTIKIN.-¡No vaya, monina!
MASCHA.-¡Sí..., no vaya!... ¡Este maldito modo de vivir mío es insoportable! (Entra en el salón.)
CHEBUTIKIN.-(Yendo en pos de ella.) ¡Bueno! ¡Bueno!...
SOLIONII.-(Entrando en el salón.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...
TUSENBACH.-¡Basta ya, Vasilii Vasilich! ¡Basta!
SOLIONII.-«¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»...
KULIGUIN.-(Alegremente.) ¡A su salud, coronel!... ¡Pedagogo de carrera, formo parte de esta familia! ¡Soy el marido de Mascha!... ¡Es muy buena! ¡Muy buena!...
VERSCHININ.-¡Beberé un poco de esta vodka oscura!... (Bebe.) ¡A su salud! (A OLGA.) ¡Qué a gusto me encuentro en su casa! (En la sala han quedado solos IRINA y TUSENBACH.)
IRINA.-Mascha está hoy de mal humor... ¡Cuando se casó, a los dieciocho años, tenía a su marido por el hombre más inteligente del mundo!... Ahora es distinto... Es el hombre más bueno; pero no el más inteligente.
OLGA.-(Con voz impaciente.) ¡Andrei! ¡Ven de una vez!
ANDREI.-¡Ahora mismo voy! (Entra y se dirige a la mesa.)
TUSENBACH.-¿En qué piensa usted?
IRINA.-En nada... No me gusta ese Solionii y, además, le tengo miedo. No dice más que majaderías.
TUSENBACH.-Es un hombre raro... A mí me da lástima y me irrita a la vez..., aunque es mayor todavía la lástima que me da... Se me figura que lo que le pasa es que es tímido. Cuando estoy solo con él, le encuentro inteligente, afable..., mientras que en sociedad resulta un bruto... ¡No se marche! ¡Que se sienten!... ¡Déjeme estar a su lado!... ¿En qué piensa? (Pausa.) ¡Usted tiene veinte años...; yo aún no he cumplido los treinta!... ¡Cuántos años todavía ante nosotros!... ¡Qué larga hilera de días para llenarla de mi amor hacia usted!
IRINA.-¡Nikolai Lvovich!... ¡No me hable de amor!
TUSENBACH.-¡Tengo en el alma una sed ardiente de vida, de lucha, de trabajo!... ¡Sed a la que se une ahora mi amor por usted, Irina..., como ex profeso maravillosa para que la vida me parezca también maravillosa!... ¿En qué piensa?
IRINA.-¡Dice usted que la vida es maravillosa!... Cierto; pero..., ¿no sera que nos lo parece solamente?... ¡Ninguna de nosotras, las tres hermanas, tuvimos una vida maravillosa!... ¡Nuestra vida nos ahogó siempre como la mala hierba!... ¡Me están cayendo las lágrimas!... ¡Esto no debe ser! (Enjugándose rápidamente las mejillas, sonríe.) ¡Trabajar!... ¡Lo que hay que hacer es trabajar!... ¡Por eso nos falta alegría y tenemos una visión tan sombría de la vida! ¡Porque no conocemos el trabajo! ¡Procedemos de gente que lo despreciaba!... (Entra NATALIA IVANOVNA vestida de rosa y con un cinturón verde.)
NATASCHA.-Ya están sentándose para el almuerzo... Llego retrasada. (Lanzándose una ojeada en el espejo y arreglándose el cabello.) No estoy mal peinada..., me parece. (Apercibiéndose de la presencia de IRINA.) ¡Irina Sergueevna, querida!... ¡Felicidades!... (La besa larga y efusivamente.) ¡Tienen ustedes muchos invitados, y eso me azara!... ¡Buenos días, barón!
OLGA.-(Saliendo del salón.) ¡Aquí tienen ustedes a Natalia Ivanovna! ¡Buenos días, querida mía! (Se besan.)
NATASCHA.-¡Tienen ustedes una reunión tan numerosa, que me siento terriblemente acobardada!
OLGA.-¡Qué tontería! ¡Aquí todo el mundo es de confianza! (Con aire asustado y a media voz.) ¡Lleva usted un cinturón verde, querida!... ¡No está bien!
NATASCHA.-¿Existe, acaso, alguna superstición sobre ello?
OLGA.-¡No...; es que, sencillamente, el color verde desentona y hace un efecto raro!
NATASCHA.-(Con voz llorosa.) ¿Sí?... ¡Pero sí no es verde! ¡Si es más bien mate! (Entra con OLGA en el salón. Todos toman asiento alrededor de la mesa. La sala queda vacía.)
KULIGUIN.-¡Te deseo, Irina, un buen novio! ¡Ya es hora de que te cases!
CHEBUTIKIN.-¡Y otro novio también para Natalia Ivanovna!
KULIGUIN.-¡Natalia Ivanovna tiene ya novio!
MASCHA.-(Dando golpecitos en el plato con el tenedor.) ¡Tomaré una copita de vino y... pase lo que pase!
KULIGUIN.-¡Estás mereciendo un tres!
VERSCHININ.-¡La «nalivka» (6) está muy aromática! ¿Con qué la han hecho?
SOLIONII.-Con cucarachas.
IRINA.-(Con voz llorosa.) ¡Uf..., qué asco!
OLGA.-¡Para la cena tendremos pavo asado y tarta de manzana!... ¡Gracias a Dios, hoy estoy en casa todo el día! ¡Y por la noche!... ¡Vengan, señores, esta noche!
VERSCHININ.-¡Permítame que venga yo también esta noche!
IRINA.-¡No faltaría más! ¡Se lo ruego!
NATASCHA.-Aquí no gastan ceremonias.
CHEBUTIKIN.-«¡Solo para el amor fuimos creados por la Naturaleza!» (Ríe.)
ANDREI.-¡Ya está bien, señores! ¿Cómo no les aburre? (Entran FEDOTIK y RODE cargados con una gran cesta de flores.)
FEDOTIK.-Pero ¡si están ya almorzando!
RODE.-(Con voz bronca y pronunciando mucho la «r».) ¿Almorzando?... ¡Pues sí que están almorzando!
FEDOTIK.-¡Aguarda un momento! (Hace una fotografía.) ¡Una!... ¡Espera un poco más! (Hace otra.) ¡Dos!... ¡Ya está!... (Vuelven a coger la cesta y entran en el salón, donde son acogidos con gran alboroto.)
RODE.-(Esforzando la voz.) ¡Mis felicitaciones y mejores deseos!... ¡Hoy está el tiempo maravilloso! ¡Francamente magnífico!... Me he estado toda la mañana paseando con mis colegiales... Doy clase de gimnasia en el colegio...
FEDOTIK.-¡Puede moverse, Irina Sergueevna! (Hace otra fotografía.) ¡Está usted hoy muy interesante! (Sacando del bolsillo un trompo de música.) ¡Este trompo para usted! ¡Suena que es una maravilla!
IRINA.-¡Qué preciosidad!
MASCHA.-
¡Junto al mar hay un roble verde,
con una cadena de oro prendida en él!
Con una cadena de oro prendida en él...

(En tono quejumbroso.) ¿Por qué me habrá dado por decir esto»?... ¡Desde la mañana tengo metida esta frase en la cabeza!
KULIGUIN.-¡Somos trece a la mesa!
RODE.-¿Será posible que conceda valor a esos prejuicios? (Risas.)
KULIGUIN.-¡Cuando se reúnen trece personas a la mesa, significa que entre ellas hay enamorados! ¿No será usted uno, a lo mejor, Iván Romanovich?... (Risas.)
CHEBUTIKIN.-Soy un viejo pecador; pero... ¿por qué se ha azorado Natalia Ivanovita?... Es cosa que no comprendo... (Risas estrepitosas, NATASCHA sale corriendo del salón seguida de ANDREI.)
ANDREI.-¡Déjelos! ¡No les haga caso! ¡Espere!... ¡Espere, se lo
ruego!
NATASCHA-¡Qué vergüenza!... ¡No sé lo que me pasa!... ¡Y ellos, riéndose de mí!... ¡Es incorrecto esto que acabo de hacer de levantarme de la mesa..., pero no puedo..., no puedo!... (Oculta el rostro entre las manos.)
ANDREI.-¡Querida mía! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico! ¡Cálmese!... ¡Le aseguro que estaban bromeando!... ¡Que ha sido con la mayor inocencia!... ¡Querida mía!... ¡Todos son buenos y afectuosos! ¡A los dos nos quieren!... ¡Venga conmigo a la ventana! ¡Desde aquí no nos verán! (Mira hacia atrás al andar.)
NATASCHA.-¡Es que no tengo costumbre de alternar!...
ANDREI.-¡Oh juventud!... ¡Maravillosa, preciosa juventud!... ¡Querida mía! ¡Cálmese!... ¡Créame! ¡Créame!... ¡Qué feliz me encuentro a su lado! ¡Mi alma está llena de amor..., de entusiasmo!... ¡Oh!... ¡No nos ven! ¡No nos ven!... ¿Por qué la quiero?... ¿Cuándo empecé a quererla?... ¡Querida mía!... ¡Mi niña buena..., pura..., ¡Sea mi mujer! ¡La quiero!... ¡La quiero como nunca, nunca!... (Un beso. Entran dos oficiales, que al ver besarse a la pareja se detienen asombrados.)







Acto segundo
La misma decoración del primer acto. Son las ocho de la noche. De la calle llega el sonido apagado de un acordeón. Las luces no han sido encendidas todavía.



Escena I
Entra NATALIA IVANOVNA envuelta en una bata y con una vela en la mano; da unos pasos y se detiene ante la puerta de la habitación de ANDREI.
NATASCHA.-¿Qué haces, Andriuscha? ¿Estás leyendo?... ¡No..., no es nada!... ¡Es que!... (Abre una segunda puerta, echa una ojeada tras ella y vuelve a cerrarla.) ¡Estoy mirando no vaya a haber fuego! (Entra ANDREI con un libro en la mano.)
ANDREI.-¿Qué quieres, Natascha?
NATASCHA.-¡El servicio, con el carnaval, anda trastornado; tiene una que andar mira que te mira por si sucede algo!... ¡Ayer, a medianoche, al pasar por el comedor, vi que se habían dejado encendida una vela!... ¿Quién fue?... No pude averiguarlo. (Depositando la vela.) ¿Qué hora es?
ANDREI.-(Mirando el reloj.) Las ocho y cuarto.
NATASCHA.-Olga e Irina todavía no han vuelto. No han vuelto... ¡Como las pobrecitas trabajan: Olga en el Consejo Pedagógico e Irina en el Telégrafo!... (Suspirando.) Esta mañana, hablando con tu hermana, le dije: «¡Cuídate mucho, Irina querida!»... Pero ¡no me hace caso! ¿Así que dices que son las ocho y cuarto?... Nuestro Bobik anda regular... ¿Por qué estará tan frío? ¡Ayer tenía fiebre y hoy está frío!... ¡Me da tanto
miedo!
ANDREI.-¡No es nada, Natascha! ¡El chico está perfectamente!
NATASCHA.-¡De todos modos, mejor será tenerle a dieta! ¡Me da un miedo!... Parece ser que hoy, a las nueve, van a venir las máscaras... ¿No sería mejor que no vinieran, Andriuscha?
ANDREI.-¡La verdad es que no sé!... ¡Se les ha invitado!...
NATASCHA.-¡Oye!... ¿Sabes que esta mañana el chiquitín, al despertarse y mirarme, se sonrió de pronto?... ¡Eso quiere decir que me conoce!... «¡Hola, Bobik! -le dije yo-. ¡Hola, querido!»... ¡Y él venga a reírse! ¡Los niños se dan perfecta cuenta de todo!... Conque..., entonces, Andriuscha, ¿digo que no se reciba a las máscaras?
ANDREI.-(Indeciso.) ¡Eso, lo que quieran mis hermanas!... ¡Las amas de casa son ellas!
NATASCHA.-También a ellas se lo diré. ¡Son tan buenas!... (Disponiéndose a salir.) Para la cena pondré cuajada. El doctor dice que si no te limitas a comer cuajada, no adelgazarás. (Deteniéndose.) ¡Bobik está frío!... ¡Tengo miedo de que sea fría su habitación!... ¡Convendría, hasta que llegue el buen tiempo, instalarle en alguna otra!... ¡La de Irina, por ejemplo, está pintiparada para el niño! ¡No hay humedad, y da el sol en ella todo el día! ¡Habrá que decirle que, mientras tanto, se pase a la de Olga! ¡Como de todos modos no está en casa en todo el día, y solo viene a dormir!... (Pausa.) ¡Andriuschanchik!... ¿Por qué estás tan callado?
ANDREI.-Porque sí... Porque me había quedado pensando... Además no hay nada de que hablar.
NATASCHA.-Por cierto..., quería decirte algo... ¡Ah, sí!... ¡De allá..., de la Diputación..., ha venido Ferapont preguntando por ti!
ANDREI.-(Bostezando.) Dile que pase. (NATASCHA sale. ANDREI se pone a leer en el libro, a la luz de la vela olvidada por ella. Entra FERAPONT, cubierto de un viejo abrigo raído y con el cuello alzado. Una bufanda le cubre las orejas. ANDREI le dice:) ¡Hola, alma mía! ¿Qué me cuentas?
FERAPONT.-El presidente le envía este libro con esta nota. (Entregándole ambos.) Aquí están.
ANDREI.-Gracias, muy bien. ¿Por qué vienes tan tarde? ¡Ya son más de las ocho!
FERAPONT.-¿Cómo dice?
ANDREI.-¡Digo que vienes tarde! ¡Que ya son más de las ocho!
FERAPONT.-Así será... ¡Cuando vine era aún de día, pero como no me dejaron pasar!... «El señor está ocupado», me decían, y yo ¡qué le iba a hacer!... ¡Si estaba ocupado, es que estaba ocupado!... ¡A mí no me corría prisa ninguna! (Creyendo que ANDREI le pregunta algo.) ¿Cómo?...
ANDREI.-¡Nada!... (Examinando el libro.) Mañana, viernes, no hay oficina; pero yo iré de todos modos... En casa me aburro. (Pausa.) ¡Abuelo querido!... ¡Qué singularmente cambia y nos engaña la vida!... ¡Hoy, de puro aburrimiento, y como no tenía nada que hacer, agarré este libro!... ¡Son viejos apuntes de la universidad, y me hicieron reír!... ¡Dios mío!... ¡Pensar que hoy soy secretario de la Delegación!... ¡De la misma Delegación en que es presidente Protopopov!... ¡Secretario, y pudiendo aspirar, a lo sumo, a llegar a miembro directivo!... ¡Miembro directivo yo, que todas las noches sueño con que soy profesor de la Universidad de Moscú!... ¡Un famoso sabio!... ¡El orgullo de la tierra rusa!...
FERAPONT.-Eso yo no lo sé... Oigo mal...
ANDREI.-¡Si hubieras oído bien, tal vez no hubiera hablado contigo!... ¡Y, sin embargo, tengo que hablar con alguien!... ¡Mi mujer no me entiende, y a mis hermanas sin saber por qué les tengo miedo!... ¡Temo que se rían de mí y me avergüencen!... Beber, no bebo... Me desagrada frecuentar las tabernas y, sin embargo..., ¡qué placer sería encontrarse ahora en Moscú..., en Testov, en Bolschoi o en Moskovskii! (7)... ¡Querido mío!...
FERAPONT.-El otro día, el contratista estuvo contando de unos comerciantes de Moscú que se pusieron a comer «blini» (8) hasta que, según parece, se murió uno de ellos, que se había comido cuarenta... No sé si fueron cuarenta o cincuenta las que se comió. No lo recuerdo bien...
ANDREI.-¡Encontrarse en Moscú, sentado en el enorme salón del restaurante!... ¡A nadie conoces y nadie te conoce a ti... y, sin embargo, no te sientes extraño!... ¡Aquí, en cambio, donde todo el mundo te conoce y tú conoces a todo el mundo, sí te sientes extraño!... ¡Extraño y solitario!
FERAPONT.-¿Cómo?... (Pausa.) Y también el mismo Contratista... claro que a lo mejor es mentira habla de no sé qué cuerda gorda que pasa por Moscú...
ANDREI.-¿Para qué?
FERAPONT.-¡Yo no sé!... ¡Es el contratista el que lo dijo!
ANDREI.-¡Tonterías! (Lee.) ¿Has estado tú alguna vez en Moscú?
FERAPONT.-(Tras un silencio.) No... No he estado nunca... No lo quiso Dios. (Pausa.) ¿Me voy?
ANDREI.-Sí, puedes irte... Que te vaya bien. (FERAPONT se dispone a salir.) Que te vaya bien. (Lee.) Ven mañana a recoger esos papeles... Vete ahora. (Pausa.) Se fue... (Suena un timbre.) Los asuntos si... (Estirándose y con paso lento entra en su habitación. Al escenario llega el canto de la niñera meciendo al niño.)



Escena II
Entran MASCHA y VERSCHININ. Mientras estos conversan, la doncella enciende la lámpara y las velas.
MASCHA.-No sé, no sé... ¡Claro que la costumbre hace mucho!... Por ejemplo, cuando murió nuestro padre tardamos mucho tiempo en acostumbrarnos a la falta de asistente... Pero, aparte de la costumbre, se me figura que hablo también por espíritu de justicia... Quizá en otros sitios no sea igual, pero en nuestra ciudad, las personas más honradas, más nobles y más educadas son los militares...
VERSCHININ.-Tengo sed. Bebería con gusto un poco de té.
MASCHA.-(Mirando al reloj.) Estarán para servirlo... ¡Cuando me casaron, a los dieciocho años, tenía miedo a mi marido, que ya era entonces profesor, mientras yo apenas había terminado el curso!... ¡Me parecía terriblemente sabio, inteligente e importante! ¡Ahora es distinto..., desgraciadamente!
VERSCHININ.-Sí... Sí...
MASCHA.-¡No me refiero a mi marido -ya me he acostumbrado a él-, pero lo cierto es que entre los civiles hay tanta gente áspera, desatada y mal educada!... ¡La aspereza me ofende, me ataca los nervios, y el ver que una persona no es lo debidamente fina, suave y amable, me hace sufrir!... ¡Cuando tengo que alternar con los demás profesores, compañeros de mi marido, sencillamente: sufro!
VERSCHININ.-¡Pues a mí me parece que el elemento civil y el militar ofrecen el mismo interés..., por lo menos en esta ciudad!... ¡Son iguales!... ¡Oyendo hablar a un intelectual de aquí -sea civil o sea militar-, la conclusión que se saca es la misma: que es un mártir de su mujer, de su casa, de su hacienda y de sus caballos!... Pero, dígame, por favor..., ¿por qué el hombre ruso -al que la altura de miras es en sumo grado propia- no coge de la vida más que lo que está abajo?... ¿Por qué?
MASCHA.-¿Por qué?
VERSCHININ.-¿Por qué ha de ser él un mártir de su mujer y de sus hijos, y no su mujer y sus hijos mártires suyos?
MASCHA.-Hoy está usted un poco de mal humor.
VERSCHININ.-¡Tal vez!... ¡Quizá porque no he almorzado. Desde la mañana estoy sin tomar nada. Tengo a una hija algo malucha, y cuando alguna de mis niñas cae enferma, la inquietud se apodera de mí y la conciencia me atormenta por haberles dado una madre semejante... ¡Si la hubiera usted visto hoy!... ¡Qué criatura tan nula!... ¡A las siete de la mañana empezamos a reñir y a las nueve salí dando un portazo! (Pausa.) Jamás hablo de esto, y es singular que sea solo con usted con quien me lamente. (Besándole la mano.) ¡No se enfade conmigo!... ¡Fuera de usted no tengo a nadie! (Pausa.)
MASCHA.-¡Qué ruido hace la chimenea!... ¡Poco antes de morir nuestro padre hacía el mismo!... ¡Exactamente el mismo!
VERSCHININ.-¿Tiene usted prejuicios?
MASCHA.-Sí.
VERSCHININ.-¡Qué raro! (Besándole la mano.) ¡Es usted una mujer maravillosa! ¡Encantadora! ¡A pesar de esta oscuridad, veo brillar sus ojos!
MASCHA.-(Cambiando de silla.) Aquí está más claro.
VERSCHININ.-¡La quiero! ¡La quiero!... ¡Quiero a sus ojos! ¡A sus movimientos!... ¡Maravillosa, encantadora mujer!
MASCHA.-(Con risa sosegada.) Cuando le oído hablar así, no sé por qué me entran ganas de reír, aunque me dé miedo. ¡No vuelva a repetir nada de eso! ¡Se lo ruego! (Bajando la voz.) Por más que..., siga... Me da igual... (Esconde el rostro entre las manos.) Viene gente. Hábleme de alguna otra cosa.



Escena III
IRINA y TUSENBACH salen del salón.
TUSENBACH.-¡Tengo un triple apellido: barón Tusenbach, Krone y Altschauer; pero, sin embargo, soy ruso y ortodoxo como usted!... ¡De alemán me queda ya muy poco!... ¡Quizá solo la paciencia y la tozudez que empleo en aburrirla!... ¡Todas las tardes la acompaño hasta aquí!
IRINA.-¡Qué cansada estoy!
TUSENBACH.-¡Y seguiré yendo todos los días al Telégrafo para luego acompañarla a casa!... ¡Diez, veinte años!... ¡Mientras usted no me eche! (Viendo a MASCHA y a VERSCHININ.) ¿Ustedes aquí? ¡Buenas noches!
IRINA.-¡Por fin me encuentro en casa!... (A MASCHA.) Figúrate que ahora mismo acaba de ir una señora a poner un telegrama a un hermano que vive en Saratov, al que se le había muerto un hijo, y cuya dirección no podía recordar... Al fin decidió enviar el telegrama sin más señas que sencillamente: «Saratov...» Pues bien: estaba llorando, y yo, sin embargo, así porque sí, la traté con brusquedad... «¡No tengo tiempo!», le dije. ¡Fue estúpido!... ¿Vendrán hoy máscaras?
MASCHA.-Sí.
IRINA.-(Sentándose en una butaca.) ¡A descansar!... ¡Qué cansada estoy!
TUSENBACH.-(Con una sonrisa.) ¡Cuando vuelve usted al trabajo, se me aparece usted tan joven..., tan desgraciadita!... (Pausa.)
IRINA.-¡Es que me canso!... ¡No!... ¡No me gusta el Telégrafo!... ¡No me gusta!
MASCHA.-Has adelgazado. (Silba ligeramente.) Estás más joven, y ahora, de cara pareces un chiquillo.
TUSENBACH.-Es el peinado.
IRINA.-¡Tendré que buscar otro trabajo! ¡Éste no me va!... ¡No contiene nada de aquello que yo precisamente quería y con lo que soñaba!... ¡Es un trabajo sin poesía..., en el que el pensamiento está ausente!... (Sí, oye golpear el suelo.) Es el doctor el que da esos golpes... (A TUSENBACH.) ¡Contéstale, querido, con otros!... ¡Yo no puedo! ¡Estoy cansada!... (TUSENBACH golpea en el suelo.) Ahora subirá... ¡Por cierto que es menester tomar medidas!... ¡Ayer el doctor y nuestro Andrei estuvieron jugando en el Círculo y volvieron a perder!... ¡Dicen que Andrei perdió doscientos rublos!
MASCHA.-(Con indiferencia.) ¡Y qué vas a hacerle!
IRINA.-¡Hace dos semanas perdió!... ¡En diciembre también perdió!... ¡Ojalá se diera más prisa a perderlo todo!... ¡Puede que entonces nos marcháramos de esta ciudad!... ¡Dios mío!... ¡Todas las noches, en sueños, veo Moscú!... ¡Estoy enteramente loca! (Ríe.) ¡En junio nos trasladaremos allá; pero hasta junio faltan febrero, todavía..., marzo, abril, mayo!... ¡Casi medio año!
MASCHA.-¡Hay que impedir a todo trance que Natascha se entere de esa pérdida!
IRINA.-Yo creo que le da igual.



Escena IV
Recién levantado de la cama, donde ha estado descansando, entra CHEBUTIKIN en el salón. Después de atusarse la barba, se sienta a la mesa y saca del bolsillo un periódico.
MASCHA.-Ahí está ya. ¿Pagó el piso?
IRINA.-(Riendo.) No. Ni una kopeica en ocho meses... ¡Se te habrá olvidado, seguramente!
MASCHA.-(Riendo.) Fíjense en la postura importante que adopta cuando se sienta. (Ríen todos. Pausa.)
IRINA.-¿Por qué está usted tan callado, Alexander Ignatievich?
VERSCHININ.-¡Qué sé yo!... Me apetece tomar té. ¡Daría media vida por un vaso de té!.. Desde la mañana no he tomado nada...
CHEBUTIKIN.-¡Irina Sergueevna!
IRINA.-¿Qué quiere?
CHEBUTIKIN.-¡Venga aquí!... «Venez ici!» (IRINA se levanta, y va a sentarse a la mesa.) ¡Sin su ayuda no puedo! (IRINA extiende ante él las cartas para un solitario.)
VERSCHININ.-¡Qué le vamos a hacer!... ¡Si no nos dan té..., filosofemos, al menos!...
TUSENBACH.-¿Sobre qué?
VERSCHININ.-¿Sobre qué?... ¡Soñemos, por ejemplo, con lo que será la vida doscientos o trescientos años después de nosotros!
TUSENBACH.-¡Bah!... ¡Después de nosotros se volará en globo, habrá cambiado la moda de las chaquetas y se habrá, quizá, descubierto un sexto sentido, que estará siendo desarrollado...; pero la vida en si seguirá siendo la misma...: difícil, llena de misterio y feliz!... ¡Dentro de mil años el hombre dirá, suspirando, lo mismo que ahora: «¡Oh, qué difícil es vivir!»..., y, sin embargo, lo mismo que ahora, seguirá sin querer la muerte y temiéndola!
VERSCHININ.-(Después de un momento de meditación.) ¡Cómo decirle!... ¡A mí se me figura que todo en la tierra ha de transformarse poco a poco..., incluso que se está transformando ya ante nuestros propios ojos!... Dentro de doscientos, de trescientos o de mil años -cuándo, es lo de menos-, habrá una vida nueva y feliz. ¡Claro que no será para nosotros, aunque para ella vivamos, trabajemos y suframos también ahora!... ¡Crearla constituye el fin único de nuestra existencia y, si se quiere, de nuestra felicidad! (MASCHA ríe, con risa sosegada.)
TUSENBACH.-¿Qué le pasa?
MASCHA.-No sé... Hoy llevo todo el día, desde por la mañana, riendo.
VERSCHININ.-Estudié en el mismo sitio que usted. No fui a la Academia, pero leo mucho, aunque no sé escoger mis lecturas, por lo que puede que lo que leo sea precisamente lo que no hay que leer... ¡Sin embargo, cuanto más larga es mi vida, tanto más afán de leer tengo! ¡Empiezo a verme el pelo blanco, soy casi un viejo y qué poco sé!... ¡Qué poco!... ¡No obstante, se me figura que lo principal, lo verdadero, sí lo conozco bien!... ¡Cómo me gustaría poder demostrarles que la felicidad no existe!... ¡Que no debe existir y que no existirá para nosotros!... ¡Nuestra única misión es trabajar y trabajar, dejando que sea la felicidad la suerte de nuestros lejanos descendientes!... ¡Si no soy yo feliz, lo serán, al menos, los descendientes de mis descendientes!



Escena V
FEDOTIK y RODE entran en el salón, se sientan y canturrean, rasgueando bajito en la guitarra.
TUSENBACH.-Entonces, según usted, ¿uno no puede ni siquiera soñar con la felicidad?... Pero ¿y si yo soy feliz?
VERSCHININ.-No.
TUSENBACH.-(Con un gesto de asombro.) Desde luego, no nos entendemos. ¿Cómo convencerle? (Mostrándole un dedo a MASCHA, que ríe con risa sosegada.) ¡Ríase!... (A VERSCHININ.) ¡No digo ya dentro de doscientos o de trescientos años..., dentro de un millón, la vida seguirá siendo como era!... ¡La vida no cambia, permanece inmutable, sujeta a unas leyes propias que nos son ajenas o que, por lo menos, no conoceremos nunca! ¡Los pájaros emigrantes, las grullas, por ejemplo, vuelan y vuelan y, sean grandes o pequeños los pensamientos que vaguen por sus cabezas, seguirán volando siempre, sin saber por qué ni adónde!... Vuelan y vuelan, diciendo de los filósofos que haya entre ellos: «¡Que filosofen cuanto quieran! ¡A nosotros lo que nos importa es volar!»
MASCHA.-¿Y tiene eso algún sentido?
TUSENBACH.-¿Sentido?... Cuando nieva, ¿qué sentido tiene el que nieve? (Pausa.)
MASCHA.-¡Mi parecer es que el hombre ha de ser creyente o debe buscar la fe! ¡De otro modo, su vida es vacía!... ¡Vivir sin saber para qué vuelan las grullas, para qué nacen niños, para qué hay estrellas en el cielo!... ¡O sabemos para qué vivimos o todo es tontería!... (Pausa.)
VERSCHININ.-¡De todos modos, siente uno que se le haya ido la juventud!...
MASCHA.-Gogol dice: «¡Qué aburrido, señores, es vivir en este mundo!»...
TUSENBACH.-Y... «¡qué difícil, señores, es discurrir con ustedes!», les digo yo.
CHEBUTIKIN.-(Leyendo en voz alta el periódico.) Balzac se casó en Berdichev... (IRINA canturrea suavemente.) Lo apuntaré en mi agendita. (Anotando.) «Balzac se casó en Berdichev.» (Vuelve a leer el periódico.)
IRINA.-(Pensativamente, mientras hace un solitario.) «Balzac se casó en Berdichev.»
TUSENBACH.-¡Mi suerte está echada!... ¿Sabe, María Sergueevna?... He pedido el retiro.
MASCHA.-Ya lo he oído decir, pero no veo nada bueno en ello. No me gusta el elemento civil.
TUSENBACH.-¡Es igual! (Levantándose.) ¡No soy guapo, así que..., vaya militar que hago!... ¡Bueno, es igual!... ¡Trabajaré!... ¡Trabajar, aunque solo sea un día en la vida, pero de tal modo que el cansancio, al llegar a casa por la noche, le haga a tino caer desplomado sobre la cama y quedarse dormido instantáneamente! (Dirigiéndose al salón.) ¡Seguro que los obreros duermen profundamente!
FEDOTIK.-(A IRINA.) Acabo de comprarle en Pijikov, en la calle Moskovskaia, estos lápices de colores... ¡Ah, y también este pequeño cortaplumas!
IRINA.-¡Se ha acostumbrado usted a considerarme una niña, y no se da cuenta de que he crecido! (Cogiendo, contenta, los lápices y el cortaplumas.) ¡Qué encanto!
FEDOTIK.-Para mí he comprado esta navaja... Mire... Una cuchilla..., otra cuchilla..., tres cuchillas... Ésta es para hurgarse en los oídos..., éstas son unas tijeritas, y esto, un limpiauñas.
RODE.-(Alzando la voz.) ¡Doctor! ¿Cuántos años tiene usted?
CHEBUTIKIN.-¿Quién, yo?... ¡Treinta y dos! (Risas.)
FEDOTIK.-Voy a enseñarle ahora mismo otro solitario... (Extiende ante él las cartas. Traen el samovar. A su lado se coloca ANFISA, y poco después NATASCHA trajina también junto a la mesa. Entra SOLIONII, que, tras saludar a todos, toma asiento a la mesa.)
VERSCHININ.-¡Qué viento hace!
MASCHA.-Sí. Estoy aburrida del invierno. Ya se me ha olvidado cómo es el verano.
IRINA.-¡Este solitario sale!... ¡Lo cual quiere decir que iremos a Moscú!
FEDOTIK.-No..., no sale. ¿No ve que el ocho tapa al dos de «pique»? Eso quiere decir que no irán ustedes a Moscú.
CHEBUTIKIN.-(Leyendo el periódico en voz alta.) «Tzitzikar: Se ha declarado una epidemia de viruela...»
ANFISA.-(Acercándose a MASCHA.) ¡Mascha!... ¡Ven a tomar el té, querida! (A VERSCHININ.) ¡Por favor, señoría!... ¡Perdone, padrecito! ¡Me he olvidado de su nombre!
MASCHA.-Traémelo aquí, ama... No tengo gana de ir allá.
IRINA.-¡Ama!...
ANFISA.-¡Vooooy!...
NATASCHA.-(A SOLIONII.) ¡Los niños de pecho lo entienden todo perfectamente!... Hoy le digo: «¡Hola, Bobik! ¡Hola, guapo!»... ¡Y me miró de un modo!... ¡Usted se figura seguramente que en mí habla solo la madre...; pero le aseguro que no!... ¡Es un niño extraordinario!...
SOLIONII.-¡Si el niño fuera mío, lo asaría en una sartén y me lo comería!... (Con el vaso en la mano, se dirige a un rincón del salón y se sienta.)
NATASCHA.-(Tapándose la cara con las manos.) ¡Qué hombre más bruto y más mal educado!
MASCHA.-¡La persona que no se entera de si es invierno o verano, es feliz! ¡Se me figura que, si yo estuviera en Moscú, el tiempo me dejaría indiferente!
VERSCHININ.-Hace unos días estuve leyendo el diario de un ministro francés, escrito desde su prisión. Dicho ministro estaba condenado por la cuestión de Panamá... Pues bien... ¡Con qué deleite, con qué entusiasmo habla de los pájaros que divisa a través de la ventana de la cárcel, y en los que antes, en sus tiempos de ministro, no había reparado nunca!... ¡Claro que ahora, que está otra vez en libertad, ha vuelto, como antes, a no reparar en los pájaros!... ¡Pues lo mismo usted, cuando viva en Moscú, dejará de reparar en él! ¡La felicidad no existe para nosotros, y todo se limita a que la deseemos!
TUSENBACH.-(Cogiendo una caja de la mesa.) ¿Y los bombones? ¿Dónde están?
IRINA.-Se los comió Solionii.
TUSENBACH.-¿Todos?
ANFISA.-(Sirviendo el té.) ¡Hay aquí una carta para usted, padrecito!
VERSCHININ.-¿Para mí? (Cogiendo la carta.) De mi hija... (Lee.) ¡Vaya!... ¡Discúlpeme, María Sergueevna! ¡Me marcho a escondidas! ¡No puedo tomar el té!... (Levantándose, nervioso.) ¡La historia de siempre!
MASCHA.-¿Qué ocurre, si no es ningún secreto?
VERSCHININ.-(Bajando la voz.) ¡Mi mujer ha vuelto a envenenarse!... ¡Tengo que ir allá!... ¡Me marcharé sin que se aperciba nadie!... ¡Todo esto es terriblemente desagradable! (Besándole la mano.) ¡Querida!... ¡Mujer buena..., simpática!... ¡Salgo inadvertido! (Sale.)
ANFISA.-¿Adónde va?... ¡Y yo que le había servido el té!
MASCHA.-(Enfadándose.) ¡Quita!... ¡Qué molesta eres!... ¡No la dejas a una en paz! (Dirigiéndose a la mesa, con la taza en la mano.) ¡Me estás aburriendo, vieja!
ANFISA.-Pero ¿por qué te enfadas, querida?
LA VOZ DE ANDREI.-¡Anfisa!
ANFISA.-(Remedándole.) ¡Anfisa!... ¡Ahí se está sentado!... (Sale.)
MASCHA.-(En el salón, junto a la mesa, y en tono irritado.) ¡Hacedme sitio! (Revolviendo las cartas.) ¡Se ponen ustedes aquí..., con estas cartas!... ¡Tomen el té!
IRINA.-¡Tienes mala idea, Mascha!
MASCHA.-¡Pues si la tengo, no me hables! ¡No se metan conmigo!
CHEBUTIKIN.-¡No vayan a meterse con ella! ¡No se metan!
MASCHA.-¡Tiene usted ya sesenta años, para portarse como un chiquillo!... ¡Sabe el diablo las cosas que se le ocurren!
NATASCHA.-(Suspirando.) ¡Querida Mascha!... ¿Por qué emplear en conversación esas expresiones?... ¡Te diré, francamente, que, con tu exterior maravilloso, resultarías encantadora en sociedad si no fuera por esa manera de expresarte!... «Je vous prie!... Pardonnez moi, Marie, mais vous avez des manières un peu grossières!»
TUSENBACH.-(Conteniendo la risa.) ¿Me da?... ¿Me da?... ¡Me parece que por ahí hay un poco de coñac!...
NATASCHA.-«Il paraît que mon Bobik dejà ne dort pas»... Se ha despertado... ¡Hoy está malito!... ¡Perdonen que me vaya con él! (Sale.)
IRINA.-¿Adónde se fue Alexander Ignatich?
MASCHA.-A su casa. Otra vez, a él y a su mujer, les ocurre algo extraordinario.
TUSENBACH.-(Yendo hacia SOLIONII con un frasco de coñac en la mano.) ¡Se pasa usted el tiempo ahí sentado, solo..., dando vueltas a alguna idea incomprensible para uno!... ¡Bueno!... ¡Hagamos las paces!... ¡Bebamos coñac! (Beben.) ¡Hoy tendré que estar toda la noche tocando el piano! Tocaré una serie de cosillas... ¡Qué remedio!
SOLIONII.-¿Y por qué hacer las paces? Yo no estoy reñido con usted.
TUSENBACH.-¡Porque siempre despierta usted en mí la sensación de que entre nosotros ha pasado algo! ¡Hay que reconocer que es usted extraño!
SOLIONII.-(En tono declamatorio.) «¡Extraño, sí!...; pero ¿quién no lo es?» (9). «¡No te enfades, Aleko!»...
TUSENBACH.-¿Qué tiene que ver Aleko con esto? (Pausa.)
SOLIONII.-¡La verdad es que, cuando estoy solo con una persona, todo va bien! ¡Soy un hombre como otro cualquiera!... ¡En sociedad, sin embargo, me muestro triste, tímido, y digo toda serie de sandeces!... ¡A pesar de todo, soy más noble y más honrado que muchos! ¡Puedo demostrarlo!
TUSENBACH.-¡Como se agarra usted siempre a lo que digo, suelo enfadarme con usted; pero, no obstante -y no sé por qué-, me es usted simpático!... ¡Bueno! ¡Hoy quiero beber! ¡Bebamos!
SOLIONII.-¡Bebamos! (Beben.) ¡Nunca tuve nada contra usted, barón!... ¡Lo que me pasa es que tengo el mismo carácter que Lermontov!... (Bajando la voz.) ¡Hasta dicen que nos parecemos algo! (Saca del bolsillo un frasco de perfume y se rocía las manos con él.)
TUSENBACH.-He pedido el retiro... ¡Se acabó!... Lo he estado meditando durante cinco años, y, por fin, me he decidido. ¡Trabajaré!
SOLIONII.-(Declamando.) «¡No te enfades, Aleko!... ¡Olvida!... ¡Olvídate de tus ensueños!»...
TUSENBACH.-¡Trabajaré!



Escena VI
Mientras éstos hablan, entra ANDREI con un libro en la mano y va a sentarse junto a una de las velas.
CHEBUTIKIN.-(Entrando en la sala con IRINA.) ¡Y la comida era también auténticamente caucasiana!... Sopa de cebolla, y para asado, «chejartma», que es carne.
SOLIONII.-La «cheremscha» no es carne, sino una planta del género de nuestra cebolla.
CHEBUTIKIN.-¡No, ángel mío!... ¡La «chejartma» no es cebolla, sino un asado del género del cordero!
SOLIONII.-¡Pues yo le digo que la «cheremscha» es cebolla!
CHEBUTIKIN.-¡Y yo le digo que la «chejartma» es cordero!
SOLIONII.-¡Y yo le digo que la «cheremscha» es cebolla!
CHEBUTIKIN.-¿Para qué vamos a seguir discutiendo? ¡Ni ha estado usted nunca en el Cáucaso ni ha comido «chejartma»!
SOLIONII.-¡No la he comido porque la aborrezco!... ¡La «cheremscha» huele exactamente igual que el ajo!
ANDREI.-(Suplicante.) ¡Basta, señores!... ¡Se lo pido!
TUSENBACH.-¿Cuándo vendrán las máscaras?
IRINA.-Me prometieron que a las nueve..., o sea, ahora...
TUSENBACH.-(Rodeando con el brazo a ANDREI, cantando.) «¡Ay zaguán, mi zaguán! ¡Nuevecito mi zaguán!»...
ANDREI.-(Bailando y cantando.) «¡Nuevecito, muy bonito!»...
CHEBUTIKIN.-(Bailando.) «¡Muy bonito mi zaguán!»... (Risas.)
TUSENBACH.-(Besando a ANDREI.) ¡Tuteémonos y celebrémoslo bebiendo!... ¡Yo también, Andriuscha, iré contigo a la Universidad de Moscú!
SOLIONII.-¿A cuál?... En Moscú hay dos Universidades.
ANDREI.-En Moscú hay una Universidad.
SOLIONII.-Pues yo le digo que hay dos.
ANDREI.-¡Como si hay tres!... ¡Mejor que mejor!
SOLIONII.-¡En Moscú hay dos Universidades!... (Protestas y siseos.) ¡Dos Universidades: la vieja y la nueva!... ¡Ahora bien: si así lo quieren ustedes y si mis palabras les molestan, puedo no hablar!... ¡Y hasta retirarme a otra habitación! (Sale por una de las puertas.)
TUSENBACH.-(Riendo.) ¡Bravo! ¡Bravo!... ¡Qué famoso es este Solionii! ¡Empiecen, señores! ¡Me pongo al plano! (Se sienta ante éste y ataca un vals.)
MASCHA.-(Dando sola unas vueltas de vals.) ¡El barón está borracho! ¡El barón está borracho! ¡El barón está borracho!...



Escena VII
Entra NATASCHA.
NATASCHA.-(A CHEBUTIKIN.) ¡Iván Romanich! (Le dice algo por lo bajo y sale después silenciosamente. CHEBUTIKIN da un golpecito en el hombro a TUSENBACH, y le murmura algo al oído.)
IRINA.-¿Qué pasa?
CHEBUTIKIN.-Que ya es hora de marcharse... Buenas noches.
TUSENBACH.-Buenas noches. Ya es hora de marcharse.
IRINA.-Pero ¿cómo?... Pues ¿y las máscaras?
ANDREI.-(Azorado.) No van a venir máscaras... Verás, querida... Natascha dice que Bobik está malucho y que por eso... ¡En una palabra: yo no sé nada ni tengo nada que ver!...
IRINA.-(Alzando los hombros.) ¡Malucho Bobik!
MASCHA.-¡Qué vamos a hacerle!... ¡Si nos echan, habrá que marcharse! (A IRINA.) No es que Bobik esté malucho..., es que ella... (Llevándose el dedo a la sien con expresivo gesto.) está... ¡Es una cursi! (Por la puerta de la derecha, ANDREI entra en su habitación. Le sigue CHEBUTIKIN. En la sala empiezan las despedidas.) FEDOTIK.-¡Qué pena!... ¡y yo que pensaba pasarme aquí la velada!... ¡Claro que si el nenito está enfermo!... ¡Mañana vendré a traerle unos juguetes!
RODE.-(Con fuerte voz.) ¡Hoy, que precisamente me había echado a dormir después de comer, pensando en que iba a estar toda la noche bailando!... ¡Si no son más que las nueve!...
MASCHA.-¡A la calle! ¡Allí hablaremos!... ¡Decidiremos el qué y el cómo!... (Resuena un último: «¡Adiós! ¡Que les vaya bien!», y la risa alegre de TUSENBACH. Salen todos. ANFISA y la doncella levantan la mesa y apagan las luces. Se oye cantar a la niñera. ANDREI, con abrigo y sombrero puestos, entra silenciosamente en escena seguido de CHEBUTIKIN.)
CHEBUTIKIN.-¡Mi vida pasó tan rauda como el relámpago, por lo que no me dio nunca tiempo a casarme!... ¡Quería, además, con locura a mi madre, que está casada!
ANDREI.-No hay que casarse... No debe uno casarse, porque es
aburrido.
CHEBUTIKIN.-Desde luego que lo espero..., ¿y la soledad?... ¡Bien está filosofar. Y, sin embargo, la soledad es una cosa terrible!... ¡Aunque, en realidad..., qué mas da después de todo!
ANDREI.-Vámonos pronto.
CHEBUTIKIN.-¿Por qué tanta prisa?... Hay tiempo.
ANDREI.-Temo que me retenga mi mujer.
CHEBUTIKIN.-¡Ah!...
ANDREI.-Hoy no pienso jugar. No haré más que sentarme allí. Me encuentro algo pachucho... ¿Qué será bueno, Iván Romanich, para la fatiga?
CHEBUTIKIN.-¿Y para qué me preguntas a mí?... ¡Ya no me acuerdo, querido! ¡No lo sé!
ANDREI.-¡Vayámonos por la cocina! (Salen. Suena un timbrazo, luego otro. Se oyen voces y risas.)
IRINA.-(Entrando.) ¿Qué pasa ahí?
ANFISA.-(A media voz.) Son las máscaras. (Un timbrazo.)
IRINA.-Diles, amita, que no hay nadie en casa... Que nos perdonen. (ANFISA sale, e IRINA pasea en actitud pensativa por la habitación. Está nerviosa. Entra SOLIONII.)
SOLIONII.-(Con un gesto de asombro.) ¡Si no hay nadie!... ¿Dónde están todos?
IRINA.-Se fueron a sus casas.
SOLIONII.-¡Qué raro!... ¿Está usted sola, entonces?
IRINA.-Sola. (Pausa.) Adiós...
SOLIONII.-Hace poco no supe comportarme... ¡Me faltó tacto... pero usted, que no es como los demás..., que tiene sentimientos puros y elevados..., ve la verdad!... ¡Solo usted es capaz de comprenderme!... ¡La quiero!... ¡Tengo por usted un amor profundo! ¡Un amor sin límites!
IRINA.-Adiós... ¡Márchese!
SOLIONII.-¡Sin usted, mi vida es imposible! ¡Oh, mi delicia!... (Con las lágrimas saltadas.) ¡Mi felicidad!... ¡Oh maravillosos, magníficos ojos como no vi nunca iguales en ninguna mujer!
IRINA.-(Con frialdad.) ¡Deje..., Paul Vasilich!
SOLIONII.-¡Es la primera vez que le hablo del amor que siento por usted, y se me figura que no estoy en la tierra, sino en otro planeta!... (Pasándose la mano por la frente.) ¡Es igual, sin embargo! ¡No pueden, naturalmente, quererle a uno a la fuerza!... ¡Eso sí, no tengo que tener rivales!... ¡No tengo que tenerlos!... ¡Le juro, por cuanto me es más sagrado, que mataré a quien sea mi rival!... ¡Oh criatura maravillosa!


Escena VIII
NATASCHA entra en escena con una vela en la mano.
NATASCHA.-(Mirando primero detrás de una puerta, después detrás de otra y pasando, sin detenerse, ante la de su marido.) Ahí está Andrei... Que siga leyendo... ¡Perdone que venga en traje de casa, Vasilii Vasilich..., pero no sabía que estaba usted aquí!
SOLIONII.-¡Qué más da! Adiós. (Sale.)
NATASCHA.-¡Pobre niña mía! ¿Estás cansada? (Besando a IRINA.) ¡Si te acostaras tempranito!
IRINA.-¿Se durmió Bobik?
NATASCHA.-¡Se durmió, sí, pero con un sueño intranquilo!... ¡A propósito, querida!... Hace tiempo que quería decírtelo; pero siempre ocurre que o tú no estás en casa o yo estoy ocupada... ¡La habitación que Bobik tiene ahora me parece muy fría y húmeda!... ¡La tuya, en cambio, sería tan buena para el niño!... ¡Querida!... ¡Preciosa!... ¡Trasládate por ahora al cuarto de Olga!...
IRINA.-(Sin comprender.) ¿Adónde? (Se oyen los cascabeles de una troika que se acerca y se detiene ante la casa.)
NATASCHA.-Tú y Olga estaréis en la misma habitación, y la tuya se la dejarás a Bobik... ¡Es un encanto!... Hoy, diciéndole: «¡Bobik es mío!... ¡Mío!»..., fijó sus ojitos en mí. (Un timbrazo.) Será, seguramente, Olga... ¡Qué tarde viene! (Entra la DONCELLA, se acerca y le dice algo al oído.) ¿Protopopov?... ¡Ay, qué gracia!... ¡Es Protopopov, que viene a invitarme para dar un paseo en troika! (Riendo.) ¡Qué especiales son los hombres! (Otro timbrazo.) Llega alguien... No sé... Quizá me vaya a dar un paseo de un cuarto de hora... Di que ahora mismo vengo. (Timbrazo.) Están llamando. Será seguramente Olga. (Sale.)



Escena IX
Pasa corriendo la DONCELLA, mientras IRINA permanece sentada, pensativa. Entran KULIGUIN y OLGA en compañía de VERSCHININ.
KULIGUIN.-¡Vaya, vaya!... Pues ¿no habían dicho que iba a haber Fiesta?
VERSCHININ.-¡Qué raro! ¡Cuando me fui, hace media hora, se quedaban esperando a las máscaras!
IRINA.-Se han ido todos.
KULIGUIN.-¿Mascha también?... ¿Adónde ha ido?... ¿Y qué hace Protopopov abajo, esperando en su troika?... ¿A quién espera?
IRINA.-¡No me hagas preguntas! ¡Estoy cansada!
KULIGUIN.-¡Bueno..., caprichosa!...
OLGA.-¡Ahora termina el Consejo! ¡Estoy rendida!... ¡Nuestra directora ha caído enferma, y ahora soy yo la que tiene que reemplazarla!... ¡Me duele la cabeza!... (Sentándose.) ¡Andrei perdió ayer, jugando, doscientos rublos!... ¡La ciudad entera habla continuamente de ello!
KULIGUIN.-Sí..., yo también salí cansado de la Junta. (Se sienta.)
VERSCHININ.-¡Pues a mi mujer le dio la ocurrencia de asustarme, y por poco se envenena!... ¡Todo acabó bien, y ahora estoy contento y descansando!... Conque, entonces, ¿hay que marcharse?... Permítanme que les desee una buena noche... ¡Fedor Ilich! ¿Nos vamos a alguna parte?... ¡No puedo estar en mi casa! ¡No puedo! ¿Vamos?
KULIGUIN.-¡Estoy muy cansado!... Me siento incapaz de acompañarle. Y mi mujer..., ¿se fue a casa?
IRINA.-Seguramente.
KULIGUIN.-(Besándole la mano.) Adiós. Mañana y pasado tenemos todo el día descanso... Que les vaya bien... (Disponiéndose a salir.) ¡Tenía muchas ganas de tomar el té, pensaba pasar la velada en grata compañía y..., pero «fallacem hominum spem»!... Caso acusativo si es con exclamación...
VERSCHININ.-Me voy solo, entonces. (Sale, silbando ligeramente, seguido de KULIGUIN.)
OLGA.-¡Me duele la cabeza!... ¡Andrei perdiendo en el juego..., y toda la ciudad hablando de ello!... Voy a echarme un poco. (Poniéndose en movimiento.) ¡Mañana tendré el día libre! ¡Pasado mañana, también libro!... ¡Oh, Dios mío!... ¡Qué agradable!... ¡Mañana el día libre!... ¡Me duele la cabeza! (Sale.)
IRINA.-(Sola.) ¡Todo el mundo se fue! ¡Aquí no queda ya nadie. (Se oye el sonido de un acordeón que tocan en la calle y la canción que canta la niñera.)
NATASCHA.-(Atravesando el salón envuelta en una pelliza, tocada de un gorrito y seguida de la doncella.) Dentro de media hora estaré en casa. Solo voy a dar una vuelta. (Sale.)
IRINA.-(Sola y con tristeza.) ¡A Moscú!... ¡A Moscú!... ¡A Moscú!...








Acto tercero
Habitación de OLGA e IRINA. Hay una cama a la izquierda y otra a la derecha, ocultas por biombos. Son más de las dos de la madrugada. Se oye el repique de un «toque a fuego» llamando a un incendio, que arde hace algún tiempo. Puede observarse que en la casa no se ha acostado nadie todavía.



Escena I
En el diván, y siempre vestida de negro, esta echada MASCHA. Entran OLGA y ANFISA.
ANFISA.-Ahora se han sentado debajo de la escalera... Yo les digo: «¡Suban, por favor!... ¿Cómo van a estarse ahí?»... Pero por toda contestación lloran: «¡Papaíto!... ¡Dónde estará!... ¡Quién sabe -dicen- si se habrá quemado!»... ¡Pues sí que!..., ¡Y en el patio hay más..., también a medio vestir!
OLGA.-(Sacando unos vestidos del armario.) ¡Toma este gris!... ¡Y este!... ¡También esta blusa! ¡Y esta falda!... ¡Cógela, amita!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡El callejón de Kirsanovskii ha quedado, por lo visto, hecho cenizas!... ¡Toma este otro! (Echándole en los brazos los vestidos.) ¡Los pobres Verschinin están asustadísimos!... ¡Poco faltó para que se les quemara la casa!... ¡Que se queden aquí a pasar la noche! ¡No se les puede dejar marchar!... ¡El infeliz Fedotik no pudo salvar nada! ¡Todo se le ha quemado!...
ANFISA.-¡Habría que llamar a Ferapont, Oliuscha!... ¡Sola no podré llevarlo!
OLGA.-(Con el dedo en el timbre.) No hay nadie. (Hablando a la puerta.) ¡Eh!... ¡Quién hay por ahí!... ¡Que venga alguien acá! (A través de la puerta abierta se divisa una ventana, roja por el resplandor del fuego, y se oye pasar a los bomberos por delante de la casa.) ¡Qué espanto y qué hartura!...



Escena II
Entra FERAPONT.
OLGA.-¡Toma!... ¡Baja esto!... ¡Ahí debajo de la escalera están las señoritas Kolotilin!... ¡Entregádselo! ¡Y esto también!
FERAPONT.-¡Como usted mande!... ¡También en el año doce ardía Moscú!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Los franceses no salían de su asombro!
OLGA.-¡Anda! ¡Anda!
FERAPONT.-Como usted mande. (Sale.)
OLGA.-¡Amita! ¡Querida! ¡Dalo todo!... ¡Nosotras no necesitamos nada!... ¡Dalo todo, amita!... ¡Estoy rendida!... ¡Apenas me sostienen los pies!... ¡A los Verschinin no es posible dejarles marchar a casa!... Las niñas pueden echarse en la sala, y Alexander Ignatievich abajo, con el barón... Fedotik... también con el barón o, si no, que se quede aquí..., en el salón... ¡El doctor, como a propósito, ha cogido una borrachera terrible y no se puede mandar a nadie a su casa!... La mujer de Verschinin, también en el salón...
ANFISA.-(Con voz cansada.) ¡Oliuscha! ¡Querida!... ¡No me eches! ¡No me eches!...
OLGA.-¿Qué tonterías dices, ama? ¡Nadie te echa!...
ANFISA.-(Rechinando la cabeza sobre el pecho de OLGA.) ¡Cariño mío! ¡Preciosa mía!... ¡Yo trabajo..., y me afano..., pero cuando no me queden fuerzas, puede que me digan: «¡Fuera de aquí!»...! ¿Y adónde voy a irme?... ¿Adónde?... ¡Tengo ochenta años!... ¡Ochenta y uno, mejor dicho!
OLGA.-¡Siéntate, amita! ¡Estás cansada, pobrecilla!... (Haciéndola sentarse.) ¡Descansa, buenecita mía!... ¡Qué pálida estás!



Escena III
Entra NATASCHA.
NATASCHA.-Se anda diciendo por ahí que hay que organizar, sin pérdida de tiempo, una sociedad de ayuda a los damnificados... En realidad, la idea es magnífica. Por lo pronto, hay que atender a los pobres lo más rápidamente posible. Es obligación de los ricos... Bobik y Sofeschka duermen como dos santitos, sin enterarse de nada... La casa está llena de gente... Por cualquier parte que vayas, la encuentras atestada... ¡La cosa es que hay «influenza» en la ciudad y me da miedo que vayan a cogerla los niños!
OLGA.-(Sin escucharla.) Desde este cuarto no se ve el fuego... Aquí todo es tranquilidad...
NATASCHA.-Sí... ¡Seguro que estoy algo despeinada!... (Mirándose al espejo.) ¡Dicen que he engordado, pero no es verdad!... ¡Ni una pizca!... ¡Mascha se ha dormido!... ¡Estaba tan cansada, la pobre!... (A ANFISA, fríamente.) ¿Cómo te atreves a estar sentada delante de mí? ¡Levántate! ¡Vete de aquí! (ANFISA sale. Pausa.) ¡Por qué tienes a esta vieja, es cosa que no comprendo!
OLGA.-(Sobrecogido.) Perdona... Tampoco yo comprendo...
NATASCHA.-¡No hay razón ninguna para que siga aquí!... ¡Es una aldeana, y donde debe vivir es en la aldea!... ¡Pues no se la mima poco!... ¡A mí, en la casa, me gusta el orden!... ¡No debe sobrar gente en ella! (Acariciándole la mejilla.) ¡Pobrecita!... ¡Estás cansada!... ¡Nuestra directora se ha cansado!... ¡Cuando mi Sofeschka crezca y empiece a ir al colegio, te tendré miedo!
OLGA.-No pienso ser directora.
NATASCHA.-Eso ya es cosa decidida. Te elegirán, Olechka.
OLGA.-Renunciaré... No puedo... Es superior a mis fuerzas. (Bebe un poco de agua.) ¡Con qué brutalidad acabas de tratar al ama!... ¡Perdona, pero no lo puedo soportar!... ¡Se me nublan los ojos!
NATASCHA.-(Nerviosa.) ¡Perdona, Olia!... ¡Perdona!... ¡No quería disgustarte!... (MASCHA se levanta, coge su almohada con aire de enfado y sale.)
OLGA.-¡Compréndeme, querida!... ¡Quizá hemos sido educados de un modo especial, pero no puedo soportarlo!... ¡Semejante conducta me agobia..., me pone enferma!... ¡Me deprime, sencillamente, el ánimo!
NATASCHA.-¡Perdona! ¡Perdona! (La besa.)
OLGA.-¡La más pequeña brutalidad..., el que se pronuncie una palabra poco delicada, hiere mi sensibilidad!
NATASCHA.-¡Tienes razón!... ¡Digo a veces cosas que no debiera decir..., pero convén conmigo en que podría vivir en la aldea!
OLGA.-¡Son ya treinta los años que lleva en casa!
NATASCHA.-Pero ¡ahora no puede trabajar!... ¡o yo no te entiendo, o eres tú la que no quieres entenderme a mí!... ¡Ya no está en disposición de trabajar!... ¡No sirve más que para dormir o estarse sentada!
OLGA.-¡Pues que se esté sentada!
NATASCHA.-(Con expresión de asombro.) ¿Cómo que se esté sentada?... ¿No es una criada, al fin y al cabo?... (Entre lágrimas.) ¡No te entiendo, Olia!... Tengo niñera, nodriza, doncella y cocinera...; ¿para qué necesitamos, entonces, de esta vieja? ¿Para qué?... (De detrás del escenario llega el repique del toque a fuego.)
OLGA.-¡Esta noche me ha envejecido diez años!
NATASCHA.-¡Tenemos que llegar a un acuerdo, Olia!... ¡Tú estás en el colegio y yo aquí!... ¡Tú te ocupas de la enseñanza y yo del gobierno de la casa, y cuando yo digo algo referente al servicio, sé «lo que me digo»!... ¡Que mañana mismo no esté ya aquí esa vieja ladrona! ¡Esa vieja chocha! (Pataleando.) ¡Esa vieja bruja!... ¡Y que no se atreva nadie a excitarme! ¡Que no se atreva!... (Reprimiéndose repentinamente.) Lo cierto es que, si no te mudas al piso de abajo, vamos a estar siempre riñendo.



Escena IV
Entra KULIGUIN.
KULIGUIN.-¿Dónde está Mascha? Ya es hora de irse a casa. Dicen que el fuego amaina. (Estirándose.) No se ha quemado más que una manzana de casas, aunque al principio, por el viento, parecía que ardía la ciudad entera. (Sentándose.) ¡Estoy cansado!... ¡Olechka! ¡Querida mía!... ¡A veces suelo pensar que, de no haber sido por Mascha, me hubiera casado contigo, Olechka! ¡Eres muy buena!... ¡Estoy agotado! (Escucha.)
OLGA.-¿Qué?
KULIGUIN.-¡El doctor parece que ha cogido hoy, a propósito, una borrachera terrible!... ¡A propósito enteramente!... Me parece que aquí llega. ¿Le oyes?... Sí, aquí viene. (Riendo.) ¡Bueno está el doctor! Yo me escondo. (Corre a ocultarse en el rincón que forma el ángulo del armario.) ¡Menudo bandido!
OLGA.-¡Se ha pasado dos años sin beber, y ahora, de pronto, otra vez a emborracharse! (Se instala con NATASCHA en el fondo de la habitación. Entra CHEBUTIKIN. Su paso al andar es seguro, como el de la persona sobria. Atraviesa la estancia, se detiene, mira a su alrededor, se acerca al lavabo y empieza a lavarse las manos.)
CHEBUTIKIN.-(Con aire taciturno.) ¡Al diablo todos! ¡Al diablo!... ¿Creen que porque soy médico puedo curar cualquier enfermedad?... Pero ¡si yo ya no sé absolutamente nada!... ¡Si se me ha olvidado todo lo que sabía!... ¡Ahora, ya no me acuerdo de ello! (OLGA y NATASCHA, valen sin que él se dé cuenta.) ¡Diablos!... ¡El miércoles pasado tuve que ir a Sasip a asistir a una mujer!... ¡Se murió!... ¡Y la culpa de que se muriera es mía!... Sí... ¡Hará cosa de veinticinco años sabía un poco, pero ya no me acuerdo de nada!... ¡De nada! ¡Quién sabe si no soy ni siquiera un hombre!... ¡Si solo lo aparento, porque tengo unos brazos, unas piernas, una cabeza!... ¡Si no existo y no hago más que andar, comer, dormir!... (Llorando.) ¡Oh, si no existiera!... (Con semblante taciturno deja de llorar.) ¡Diablos!... Pues ¿y hace tres días en el Círculo cuando se pusieron a hablar de que si Shakespeare..., de que si Voltaire?... Yo no había leído nada, pero ponía cara de que sí... Y los demás..., igual que yo... ¡Qué vulgaridad! ¡Qué bajeza!... ¡Y me acordé de la mujer que había matado el miércoles!... ¡Y, al recordarlo todo, me sentí el ánimo tan feo, tan torcido..., que empecé a beber! (Entran IRINA, VERSCHININ y TUSENBACH: este último de paisano y con un abrigo nuevo a la última moda.)
IRINA.-Sentémonos. Aquí no vendrá nadie.
VERSCHININ.-¡Si no hubiera sido por los soldados, hubiera ardido la ciudad entera!... ¡Bravos muchachos! (Frotándose satisfecho las manos.) ¡Valen el oro que pesan!... ¡Bravos muchachos!
KULIGUIN.-¿Qué hora es?
TUSENBACH.-Las tres, pasadas. Ya empieza a amanecer.
IRINA.-Ninguno de los que están sentados en el salón se marcha. Ahí está también Solionii. (A CHEBUTIKIN.) ¡Debería usted irse a dormir, doctor!
DOCTOR.-¡Bah!... Gracias. (Se atusa la barba.)
KULIGUIN.-(Riendo.) ¡Conque usted entregándose a la bebida, Iván Romanich! (Dándole una palmada en el hombro.) ¡Muchacho valiente!... «In vino veritas!», que decían los antiguos.
TUSENBACH.-Me piden que organice un concierto a beneficio de los damnificados.
IRINA.-Perfectamente. ¿Y a cargo de quién?
TUSENBACH.-Pudiera organizarse si quisiera María Sergueevna. Opino que toca maravillosamente el piano.
KULIGUIN.-Toca, sí, maravillosamente el piano.
IRINA.-¡Si ya se le ha olvidado!... ¡Hace lo menos tres años que no pone las manos en él!... ¡Y hasta puede que cuatro!
TUSENBACH.-Aquí no hay nadie que entienda una palabra de música, pero yo, que sí entiendo, les aseguro y les doy mi palabra de honor de que María Sergueevna toca admirablemente..., como una verdadera artista.
KULIGUIN.-Tiene usted razón, barón... Yo quiero mucho a Mascha... Es muy buena.
TUSENBACH.-¡Tocar tan maravillosamente y tener que reconocer que nadie la comprende!
KULIGUIN.-(Con un suspiro.) Sí..., pero..., ¿estará bien que actúe en un concierto?... (Pausa.) Yo no sé... Puede que no esté mal... ¡He de confesar que nuestro director, que es un hombre bueno..., muy bueno, inclusive, y muy inteligente..., tiene algunos puntos de vista!... ¡Claro que el asunto no es cosa suya; pero, de todos modos, si les parece hablar con él. (CHEBUTIKIN coge entre las manos un reloj de porcelana y empieza a examinarlo.)
VERSCHININ.-¡Me he puesto sucísimo en el fuego! ¡Estoy hecho un adefesio! (Pausa.) Ayer llegó a mis oídos el rumor de que se quería trasladar nuestra brigada a no sé qué sitio muy lejos... Según unos, a Tzarstvo Polskoe, y según otros, a Chita.
TUSENBACH.-Yo también lo he oído decir ¡La ciudad va a vaciarse, entonces, por completo!
IRINA.-¡También nosotras nos vamos!
CHEBUTIKIN.-(Soltándosele de las manos el reloj, que se rompe al caer.) ¡Se hizo añicos! (Pausa. Todas las caras expresan sentimiento y confusión.)
KULIGUIN.-(Recogiendo los pedazos.) ¡Miren que romper una cosa de tanto valor!... ¡Ay, Iván Romanich!... ¡Su conducta merece un cero!
IRINA.-¡Era el reloj de mi difunta madre!
CHEBUTIKIN.-¡Lo sería!... ¿Que era de su madre?... ¡Pues que lo fuera!... ¡Puede que yo no lo haya roto!... ¡Que lo parezca nada más!... ¡Y puede también que parezca que existimos y que en realidad no existamos!... ¡Yo no lo sé..., ni lo sabe nadie!... (Desde la puerta.) ¿Por qué me miran así?... ¡Natascha tiene una aventura con Protopopov y ustedes ni se enteran!... ¡Ahí están sentados, sin ver nada, y, mientras tanto, Natascha de aventurita con Protopopov!... (Cantando.) «¿No querría aceptar este dátil?»... (Sale.)
VERSCHININ.-Sí... (Ríe.) ¡Qué extraño, sin embargo, es todo esto! (Pausa.) Empieza el fuego y echo a correr a casa. Me acerco y la veo intacta sin riesgo inmediato pero, eso sí, mis niñas están en el umbral de la puerta, vestidas solo con su ropa interior y sin su madre. La gente va de aquí para allá..., los caballos y los perros pasan corriendo y en las caras de mis niñas hay tal expresión de inquietud, espanto, súplica y no sé qué más..., que el corazón se me oprime... «¡Dios mío!... -pienso-. ¡Qué sufrimientos estarán reservados a estas miniaturas en el curso de una larga vida!»... Las cojo y corro con ellas, pero siempre dominado por la misma idea. (Se oye tocar a fuego. Pausa.) Luego encuentro aquí a su madre, gritando enfadada... (Entra MASCHA con un cojín entre las manos y se sienta en el diván.) ¡Viendo a mis niñas en el umbral de la puerta, a medio vestir y con la calle roja por el resplandor del fuego y llena de estruendo, pensé que escenas semejantes ocurrirían hace muchos años cuando un enemigo inesperado atacaba, saqueaba e incendiaba!..., ¿Y qué diferencia hay, en realidad, entre lo que es y lo que fue?... ¡Cuando pase el tiempo, sin embargo, dentro de doscientos o trescientos años, las gentes volverán las miradas hacia nuestra vida actual con miedo y burla, y todo lo de ahora resultará anguloso, pesado, sumamente incómodo y extraño!... ¡Y qué vida, ay..., será la de entonces!... ¡Qué vida!... (Ríe.) ¡Perdónenme que haya empezado otra vez a filosofar! (Pausa.) Pero parece que están ustedes todos dormidos... Pues, como les iba diciendo..., ¿cómo será entonces la vida?... ¡Imagínensela!... ¡Las personas que haya ahora como ustedes en la ciudad, no pasarán de tres..., pero en las generaciones futuras habrá más y más... hasta que llegue el momento en que todo esté cambiado a su hechura!... ¡Vivirán conforme a un tipo de vida recibido de ustedes, pero no el de ustedes mismos que se habrá quedado viejo, y nacerán otros mejores!... (Riendo.) ¡Hoy tengo un estado de ánimo singular! ¡Unas ganas locas de vivir! (Cantando.) «¡No hay edad que no esté sujeta al amor!... ¡Su influjo beneficioso!» (10)... (Ríe.)
MASCHA.-Tram tam tam...
VERSCHININ.-Tram tam...
MASCHA..¿Tra ra ra?...
VERSCHININ.-Tra ta ta... (Ríe. Entra FEDOTK.)
FEDOTIK.-(Bailando.) ¡Todo se quemó!... ¡Todo se quemó!... ¡Todo, hasta el último trasto se quemó! (Risas.)
IRINA.-¡Qué bromas tiene! ¿Qué se ha quemado todo?
FEDOTIK.-¡Todo hasta el último hilo!... ¡La guitarra y la fotografía y todas las cartas!... ¡Tenía una agendita para regalarla, y se quemó también!



Escena V
Entra SOLIONII.
IRINA.-¡Por favor, no!... ¡Márchese, Vasilii Vasilich!... ¡Aquí no se puede estar!
SOLIONII.-¿Y por qué puede estar el barón y yo no?
VERSCHININ.-En efecto, hay que marcharse. ¿Cómo va el fuego?
SOLIONII.-Dicen que decrece... ¡No!... ¡Decididamente encuentro extraño que pueda estar aquí el barón y yo no!... (Saca del bolsillo el frasco de perfume, y se rocía con él.)
VERSCHININ.-Tram tam tam...
MASCHA.-Tram tam...
VERSCHININ.-(Ríe. Dirigiéndose a SOLIONII.) Vamos al salón.
SOLIONII.-Está bien. Tomaré nota. «De no temer que el ganso fuera a excitarse, esta idea pudiera quizá explicarse»... (Tras una mirada a TUSENBACH.) «¡Pitas! ¡Pitas! ¡Pitas!»... (Sale en compañía de VERSCHININ y FEDOTIK.)
IRINA.-¡Qué olor a tabaco ha dejado aquí este Solionii! (Asombrada.) ¡El barón se ha dormido!... ¡Barón! ¡Barón!...
TUSENBACH.-(Espabilándose.) ¡Estaba tan cansado!... La fábrica de ladrillos... ¡No deliro, no!... Es que pronto iré allí a trabajar. Ya estamos en tratos... (A IRINA, con ternura.) ¡Qué pálida y qué maravillosa y encantadora está usted!... ¡Su palidez parece iluminar la oscura atmósfera, como una luz!... ¡Está usted triste! ¡Está usted insatisfecha de la vida!... ¡Oh!... ¡Venga conmigo!... ¡Vayámonos y trabajemos juntos!
MASCHA.-Nikolai Lvovich..., márchese.
TUSENBACH.-(Riendo.) ¿Estaba usted ahí?... ¡No la había visto! (Besando a IRINA la mano.) ¡Adiós!... Me marcho... ¡Mirándola la recuerdo en un día de su santo, hace mucho tiempo!... ¡Se mostraba usted tan llena de energía, tan alegre..., hablando del placer del trabajo!... ¡Qué vida dichosa creía entrever entonces!... ¿Dónde está ahora? (Besándole la mano.) ¡Tiene lágrimas en los ojos!... ¡Acuéstese! ¡Ya empieza a amanecer!... ¡Si me fuera permitido dar la vida por usted!
MASCHA.-¡Nikolai Lvovich..., le estoy diciendo que se marche!
TUSENBACH.-Y me marcho. (Sale.)
MASCHA.-(Echándose de nuevo en el diván.) ¿Duermes, Fedor?
KULIGUIN.-¿Qué?...
MASCHA.-Mejor sería que te fueras a casa.
KULIGUIN.-¡Mascha querida!... ¡Querida mía!...
IRINA.-¡Está cansada! ¡Hay que dejarla descansar, Fedia!
KULIGUIN.-Ya me voy... ¡Esposa mía amadísima!... ¡Te amo, único bien mío!...
MASCHA.-(Enfadada.) «Amo, amas, amat, amamus, amatis, amant»...
KULIGUIN.-(Riendo.) ¡Sí!... ¡La verdad es que eres extraordinaria!... ¡Hace ya siete años que nos casamos, y me parece que fue ayer! ¡Palabra de honor!... ¡Sí!... ¡La verdad es que eres una mujer extraordinaria!... ¡Estoy contento, contento, contento!...
MASCHA.-¡Y yo aburrida, aburrida, aburrida!... (Se incorpora y continúa hablando sentada.) ¡No se me quita de la cabeza!... ¡Es sencillamente indignante!... ¡Lo tengo metido en la cabeza como un clavo y no puedo callarme!... ¡Me refiero a Andrei!... ¡Ha hipotecado esta casa en el banco, y su mujer se ha apropiado todo el dinero!... ¡Como si esta casa le perteneciera solamente a él!... ¡Es de los cuatro!... ¡Tiene que reconocerlo si es una persona decente!...
KULIGUIN.-¡No vale la pena, Mascha!... ¿Qué falta te hace a ti nada?... ¡Andriuscha está en deuda con todo el mundo!
MASCHA.-¡Sea como sea, es indignante! (Vuelve a recostarse.)
KULIGUIN.-Ni tú ni yo somos pobres... Yo trabajo... Tengo las clases del colegio y otras más... Soy un hombre honrado, sencillo... «Omnia mea mecum porto», como suele decirse.
MASCHA.-¡No me hace falta nada, pero me indigna la injusticia! (Pausa.) ¡Vete, Fedor!
KULIGUIN.-(Besándola.) ¡Estás cansada! ¡Descansa por lo menos media horita, que yo te esperaré ahí sentado! ¡Duerme!... (Yendo hacia la puerta.) ¡Estoy contento, contento, contento!... (Sale.)
IRINA.-¡En efecto, cómo se ha empequeñecido nuestro Andrei!... ¡Cuánto ha envejecido y se ha evaporado junto a esa mujer!... ¡Pensar que hubo un tiempo en el que se preparaba para profesor, y que ayer se jactaba de ser ya miembro directivo de la Diputación! ¡Él, miembro directivo, y Protopopov, presidente!... ¡La ciudad entera hablando y riendo, y él solo sin ver ni oír nada!... ¡Ahora, por ejemplo!... ¡En un momento en el que todos han corrido al fuego..., él ha seguido sentado en su habitación, sin el mínimo interés por ello!... ¡Con tocar el violín tiene bastante! (Nerviosa.) ¡Oh, qué horrible, qué horrible, qué horrible!... (Llorando.) ¡No puedo! ¡No puedo soportarlo más!... ¡No puedo!... (OLGA entra y comienza a poner orden en torno a su mesita. IRINA, entre fuertes sollozos.) ¡Tiradme!... ¡Tiradme a alguna parte!... ¡No puedo más!
OLGA.-(Asustada.) ¡Bueno, bueno..., querida!...
IRINA.-(Sollozando.) ¿Adónde..., adónde se fue todo?... ¿Dónde está?... ¡Oh, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Todo se me ha olvidado! ¡Todo se ha embrollado en mi cabeza!... ¡Se me olvida, por ejemplo, cómo se dice en italiano la palabra «ventana» o «techo»!... ¡Se me olvida todo!... ¡Diariamente se me olvida!... ¡Y la vida no volverá jamás!... ¡Y jamás iremos a Moscú!... ¡Siento que no iremos!...
OLGA.-¡Querida!... ¡Querida!...
IRINA.-(Conteniéndose.) ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¡No puedo trabajar!... ¡No trabajaré!... ¡Basta, basta!... ¡Lo mismo antes, cuando estaba empleada de telefonista, que ahora trabajando en la Delegación, detesto cuanto me dan a o para hacer!... ¡Ya tengo veintitrés años!... ¡Hace mucho tiempo que trabajo y mi cerebro se ha secado!... ¡He adelgazado, me he envejecido, me he afeado y carezco de toda satisfacción!... ¡Y, mientras tanto, el tiempo pasa y se le figura a una que se aparta de la verdadera, maravillosa vida y se va lejos, lejos..., hacia un precipicio!... ¡Estoy desesperada y no comprendo cómo todavía sigo viva y no me he matado!
OLGA.-¡No llores, nenita mía! ¡No llores!... ¡Me haces sufrir!
IRINA.-¡Ya no lloro!... ¡No lloro!... ¡Se acabó!... ¡Bueno..., ya no lloro más! ¡Se acabó! ¡Se acabó!... ¡Se acabó!...
OLGA.-¡Querida!... ¡Te estoy hablando como a una hermana..., como a una amiga!... ¿Quieres oír mi consejo?... Cásate con el barón. (IRINA llora silenciosamente.) ¿Tú le estimas..., le tienes gran aprecio!... ¡Cierto que es feo..., pero tan puro, tan honrado!... ¡Uno no se casa por el amor, sino por cumplir un deber!... Yo, al menos, así lo pienso, y me casaría sin amor... Me casaría con quien quisiera casarse conmigo con tal que fuera una persona honrada... ¡Hasta me gustaría casarme con un viejo.
IRINA.-¡Yo siempre esperé que, al trasladarnos a Moscú, encontraría allí al hombre verdadero para mí!... ¡A aquel a quien había amado en sueños!... Pero ¡todo ha resultado tontería!...
OLGA.-(Abrazando a su hermana.) ¡Querida mía!... ¡Hermana mía maravillosa! ¡Todo lo comprendo!... ¡Cuando el barón Nikolai Lvovich dejó la carrera militar y se presentó en nuestra casa vestido de paisano, me pareció tan feo que me eché a llorar!... Él me preguntaba: «¿Por qué llora usted?»... Y yo..., ¿qué podía decirle?... ¡Sin embargo, si Dios quiere que se case contigo, será para mí una felicidad!... ¡Es completamente distinto!



Escena VI
NATASCHA, con una vela en la mano, entra silenciosamente por la puerta de la derecha, atraviesa la escena y sale por la de la izquierda.
MASCHA.-(Sentándose.) ¡Anda como si viniera de prender fuego!
OLGA.-¡Qué tonta eres, Mascha!... ¡Perdóname, por favor, pero eres lo más tonto de la familia!
MASCHA.-¡Me dan ganas de hacer una confesión, queridas hermanas!... ¡Tengo una pena en el alma!... ¡Os lo confesaré a vosotras y no volveré ya nunca a confesárselo a nadie!... Voy ahora mismo a decíroslo. (Bajando la voz.) ¡Es mi secreto, pero vosotras tenéis que conocerlo! ¡No os lo puedo callar!... ¡Quiero..., quiero..., quiero a ese hombre!... Acabáis de verle... Bueno..., ¿para qué andar con rodeos?... En una palabra: quiero a Verschinin.
OLGA.-(Dirigiéndose a su cama tras el biombo.) ¡No digas eso!... ¡Aunque es igual!... ¡No te oigo!
MASCHA.-¡Qué se le va a hacer!... Al principio me parecía extraño..., luego sentí piedad de después le quise..., le quise con su voz, con sus desgracias y con sus dos niñas...
OLGA.-(Detrás del biombo.) ¡Es igual!... ¡No te oigo!
MASCHA.-¡Qué tonta eres, Oiga! ¿Qué es amor?...; pues será mi sino... Será mi destino... El me quiere... Todo esto asusta y no está bien..., ¿verdad?... (Atrayendo hacia a sí a IRINA y cogiéndola por la mano.) ¡Oh, querida mía!... ¿Cómo se deslizará nuestra vida, y qué será de nosotras?... ¡En las novelas lo encuentra uno todo tan viejo, tan fácil de comprender...; pero cuando es uno mismo el que quiere, ve que nadie sabe nada y que cada uno tiene que decidir por sí propio!... ¡Queridas mías!... ¡Mis hermanas!... ¡Me he confesado a vosotras y de ahora en adelante guardaré silencio!... ¡Seré como el loco de la obra de Gogol!... ¡Silencio..., silencio!...



Escena VII
Entra ANDREI. Le sigue FERAPONT.
ANDREI.-(Enfadado.) ¿Qué quieres?... ¿Qué vienes buscando?... ¡No te entiendo!
FERAPONT.-¡Se lo he dicho lo menos diez veces, Andrei Sergueevich!...
ANDREI.-¡En primer lugar no soy para ti Andrei Sergueevich, sino «su señoría»!...
FERAPONT.-Los bomberos, señoría, solicitan se les permita pasar por el jardín para ir al río... ¡Si no lo hacen, tendrán que andar dando vueltas y más vueltas!... ¡Un verdadero castigo!
ANDREI.-¡Bueno!... ¡Diles que sí! (Sale FERAPONT.) ¡Cómo me aburren!... ¿Dónde está Olga? (OLGA sale de detrás del biombo.) Vengo a pedirte la llave del armario. He perdido la mía. Tú tienes una llavecita igual. (OLGA le entrega en silencio la llave. IRINA se dirige a su cama detrás del biombo. Pausa.) ¡Qué enormidad de fuego!... Ahora ha empezado a amainar... ¡Diablos!... ¡Este Ferapont me ha sacado de quicio y me ha hecho decirle una sandez! ¡Su señoría! (Pausa.) ¿Por qué estás tan callada, Olga?... ¡Ya es hora de no hacer tonterías y de dejar de enfurruñarse así porque sí!... ¿Estás aquí, Mascha?... ¿Y tú, Irina, también?... ¡Magnífico entonces!... ¡Tendremos una explicación franca de una vez para siempre!... ¿Qué tenéis contra mí?... ¿Qué?...
OLGA.-¡Déjalo, Andriuscha!... ¡Ya tendremos esa explicación mañana!... (Evitándose.) ¡Qué noche más agotadora!
ANDREI.-(Con visible azoramiento.) ¡No te pongas nerviosa!... ¡Os estoy preguntando con la mayor sangre fría qué tenéis contra mí!... ¡Decídmelo claro!...
LA VOZ DE VERSCHININ.-Tram tam tam.
MASCHA.-(Levantándose y en tono alto.) ¡Tra ta ta!... Adiós, Olga... Quédate con Dios. (Pasa detrás del biombo para besar a IRINA.) ¡Que duermas bien!... Adiós, Andrei... ¡Márchate!... ¡Están cansadas!... ¡Mañana tendréis esa explicación! (Sale.)
OLGA.-¡En efecto, Andriuscha...; dejémosla para mañana! (Yendo hacia su cama, detrás del biombo.) ¡Ya es hora de dormir!
ANDREI.-¡Sólo voy a decir esto, y me iré inmediatamente!... ¡En primer lugar -y en ello me he fijado desde el día mismo de mi boda-, tenéis algo contra Natascha, mi mujer!... ¡Natascha es una persona excelente, honrada, recta y noble!... ¡Ésa es mi opinión!... ¡Quiero a mi mujer y la estimo!... ¿Lo comprendéis?... ¡La estimo y exijo que la estimen también los demás!... ¡Repito que es una persona honrada y noble, y que todo ese descontento vuestro no es más que -perdonadme- capricho!... ¡En segundo lugar, diríase que os enfada el que no sea profesor ni me ocupe de las ciencias!... ¡Trabajo, sin embargo, en la Diputación, soy uno de sus miembros directivos, y considero esta ocupación tan sagrada y de tanta altura como el servicio a la ciencia!... ¡Soy miembro directivo y me siento orgulloso de ello, si os interesa saberlo!... (Pausa.) En tercer lugar, quiero deciros también que, sin pediros permiso, he hipotecado la casa... Reconozco mi culpa y os pido perdón. Mis deudas, que ascienden a treinta y cinco mil rublos, me obligaron a hacerlo... No he vuelto a jugar a las cartas... Hace tiempo que dejé el juego..., y lo mejor que puedo deciros, en descargo mío, es que vosotras, muchachas, percibís una pensión, mientras que yo..., en realidad, no ganaba nada...
KULIGUIN.-(Asomando la cabeza por la puerta.) ¿No está Mascha por aquí? (Inquieto.) ¿Dónde puede estar?... ¡Es raro! (Sale.)
ANDREI.-¡No me escucháis!... Natascha es una persona excelente..., honrada. (Deteniéndose después de dar unas vueltas en silencio.) Cuando me casé, pensé que seríamos felices... y, sin embargo... ¡Dios mío!... (Llorando.) ¡Mis queridas hermanas!... ¡Mis buenas hermanas!... ¡No me creáis! ¡No me creáis!... (Sale.)
KULIGUIN.-(Asomando, inquieto, la cabeza por la puerta.) ¡No está aquí Mascha?... ¡Qué cosa más rara! (Sale. Se oye tocar a fuego. El escenario queda vacío.)
IRINA.-(Detrás del biombo.) ¡Olía!... (¿Quién pega en el techo de abajo?
OLGA.-El doctor Iván Romanich. Está borracho.
IRINA.-¡Qué noche más agitada!... (Pausa.) ¡Olia! (Asomando la cabeza tras el biombo.) ¿Oíste?... ¡Se nos llevan la brigada!... ¡La trasladan a un sitio muy lejos!...
OLGA.-¡No son más que voces que corren!
IRINA.-¿Nos quedaremos entonces solas?... ¡Olia!
OLGA.-¿Qué?
IRINA.-¡Querida!... ¡Estimo y aprecio al barón!... ¡Es una persona excelente! ¡Accedo a casarme con él, pero..., eso sí..., vayamos a Moscú!... ¡Vayámonos, te lo suplico!... ¡Nada mejor en el mundo que Moscú!... ¡Vayámonos!... ¡Olia!... ¡Vayámonos!








Acto cuarto
La escena representa el vicio jardín de la casa de los Prosorov. Al extremo de una larga alameda de abetos se divisa el río, desde cuya otra orilla se extiende el bosque. A la derecha está la terraza de la casa y, sobre una mesa, botellas y vasos indican que acaba de beberse champán. Es el mediodía. De cuando en cuando atraviesan el jardín transeúntes que se dirigen al río. Pasan cinco soldados.



Escena I
CHEBUTIKIN, de un perfecto humor, que no le abandona en todo el transcurso del acto, sentado en un sillón del jardín, espera que se le llame. Lleva gorra y bastón. IRINA, KULIGUIN y TUSENBACH éste con una condecoración colgada al cuello y sin bigote despiden, desde la terraza, a FEDOTIK y RODE, que bajan los peldaños de la escalinata. Ambos oficiales visten uniforme de campaña.
TUSENBACH.-(Cambiando un abrazo con FEDOTIK.) ¡Es usted una gran persona!... ¡Siempre nos hemos llevado bien! (Cambiando otro abrazo con RODE.) ¡Una vez más..., adiós, querido!
IRINA.-¡Hasta la vista!
FEDOTIK.-¡Hasta la vista, no!... ¡Adiós!... ¡No hemos de volver a vernos!
KULIGUIN.-Eso ¡quién lo sabe! (Sonriendo, a tiempo que se enjuga los ojos.) ¡Vaya! ¡Yo también estoy llorando!
IRINA.-¡Ya volveremos a encontrarnos alguna vez!
FEDOTIK.-¿Cuándo? ¿Dentro de diez o de quince años?... ¡Ya no nos reconoceremos entonces!... ¡Nos saludaremos con la mayor frialdad! (Sacándole una fotografía.) ¡Quieta!... ¡Otra, como última!
RODE.-(Abrazando a TUSENBACH.) ¡Ya no nos veremos más! (Besando la mano de IRINA.) ¡Gracias por todo!
FEDOTIK.-(Enojado.) ¡Espera!
TUSENBACH.-¡Si Dios quiere, volveremos a vernos!... ¡Escríbannos! ¡No dejen de escribirnos!
RODE.-(Paseando la mirada por el jardín.) ¡Adiós, árboles! (Lanzando un grito.) ¡Gopgop!... (Pausa.) ¡Adiós, eco!
KULIGUIN.-¡A saber si se casará usted en Polonia!... Su esposa polaca le dirá al abrazarle: «¡Kojane!» (11). (Ríe.)
FEDOTIK.-(Consultando el reloj.) Falta menos de una hora. Solionii es el único de la batería que se irá con la barcaza... Los demás vamos formados. Hoy salen tres baterías, mañana otras tres, y la ciudad se quedará tranquila y silenciosa.
TUSENBACH.-Y atrozmente aburrida.
RODE.-Por cierto, ¿dónde está María Sergueevna?
KULIGUIN.-¿Mascha? Está en el jardín.
FEDOTIK.-Quiero despedirme de ella.
RODE.-Adiós. Hay que marcharse ya. Si no..., me echaré a llorar. (Abraza rápidamente a TUSENBACH y a KULIGUIN y besa la mano de IRINA.) ¡La vida aquí fue una maravilla!
FEDOTIK.-(A KULIGUIN.) Esto para usted..., como recuerdo. Es una agenda con un lapicito... Nos vamos para el río... (Conforme van andando, vuelven ambos la cabeza.)
RODE.-(Con un grito.) ¡Gop-gop!
KULIGUIN.-(Con otro grito.) ¡Adiós! (Al llegar al fondo del escenario, FEDOTIK y RODE encuentran a MASCHA, de la que se despiden, y que sigue el camino con ellos.)
IRINA.-¡Se fueron! (Va a sentarse en el último peldaño de la escalinata.)
CHEBUTIKIN.-Se olvidaron de despedirse de mí.
IRINA.-¿Por qué no les dijo usted algo?
CHEBUTIKIN.-La verdad es que yo tampoco me di cuenta... ¡Como hemos de vernos pronto!... Mañana me marcho yo... Sí... ¡Queda otro día más! Dentro de un año, cuando me den el retiro, volveré y entonces para pasar los últimos años de mi vida junto a ustedes... ¡Ya no me falta más que un año para empezar a cobrar mi pensión!... (Se mete un periódico en el bolsillo y se saca otro.) Cuando venga aquí, cambiaré radicalmente de vida... Volveré a ser un hombre quietecito..., buenecito...
IRINA.-Si... Le hace a usted mucha falta cambiar de vida, querido.
CHEBUTIKIN.-En efecto... Comprendo que debe ser así... (Canturreando a media voz.) «¡Ta-ra-rá..., bumbia... Sentado estoy!»...
KULIGUIN.-¡Es usted incorregible, Iván Romanich!... ¡Incorregible!...
CHEBUTIKIN.-¿Por qué no me toma usted como educando?... ¡Entonces sí que me corregiría!...
IRINA.-¡Fedor, te has afeitado el bigote!... ¡No puedo verte así!... KULIGUIN.-¿Y por qué?
CHEBUTIKIN.-¡Quisiera poder decirle lo que parece ahora su cara!
KULIGUIN.-¡Qué se le va a hacer!... ¡La cosa está admitida!... «Modus vivendi»... Nuestro director se afeita el bigote, y yo, desde que soy inspector, me lo afeito también. Yo sé que no le gusta a nadie, pero a mí me da igual... Tan satisfecho me siento con bigote como sin él. (Se sienta. Por el fondo del escenario pasa ANDREI, empujando un cochecito en el que va el niño dormido.)
IRINA.-¡Iván Romanich!... ¡Tengo una preocupación enorme!... ¡Usted, que estaba ayer en el bulevar, cuénteme lo que pasó!
CHEBUTIKIN.-¿Lo que pasó?... No pasó nada... ¡Tonterías! (Su pone a leer el periódico.)
KULIGUIN.-Hablan como de que si Solionii y el barón se hubieran encontrado en el bulevar, junto al teatro...
TUSENBACH.-¡Deje eso!... ¿Para qué?... (Con aire impaciente, entra en la casa.)
KULIGUIN.-Junto al teatro... Parece ser que Solionii empezó a provocar al barón, y éste, no pudiendo contenerse, le dijo algo ofensivo.
CHEBUTIKIN.-Yo no sé nada... ¡Tonterías todo!
KULIGUIN.-Cuentan que una vez, en un seminario, escribió un maestro para una composición la palabra «renyxa» (12) y el alumno la leyó «renyxa», como en latín... ¡Tiene gracia!... Pues sí..., hablan de que si Solionii está enamorado de ti, Irina, y aborrece al barón... ¡Y es natural que esté enamorado!... ¡Irina es una muchacha muy buena!... ¡Hasta se parece a Mascha!... ¡Igual de reflexiva!... ¡Aunque tú, Irina, tienes el carácter más suave, sin que eso quiera decir que el de Mascha no sea también bueno!... ¡Yo la quiero mucho! (Del fondo del jardín llega el grito de «¡Gop-gop!».)
IRINA.-(Estremeciéndose.) ¡Hoy todo me asusta!... (Pausa.) Ya tengo dispuestas las cosas, y después de comer mandaré el equipaje... Mañana es mi boda con el barón, y mañana también nuestra partida para la fábrica de ladrillos, y pasado, estaré ya en la escuela, empezando una nueva vida... ¡Quiera Dios ayudarme!... ¡Cuando me dieron el título de maestra, hasta lloré de alegría!... (Pausa.) ¡Ahora vendrán a buscar el equipaje!
KULIGUIN.-Todo eso está bien..., aunque no me parece muy serio... Son solamente ideas carentes de gravedad..., pero, de todos modos, te deseo suerte...
CHEBUTIKIN.-(Emocionado.) ¡Mi buena..., mi querida niña!... ¡Qué lejos se fue usted!... ¡Ya no puedo alcanzarla!... ¡Me he quedado atrás, como esos pájaros emigrantes que no pueden volar por viejos!... Pero ¡usted vuele, querida!... ¡Vuele con Dios!... (Pausa.) No debía usted haberse afeitado el bigote, Fedor Ilich.
KULIGUIN.-¡Bueno, basta ya! (Suspira.) ¡Cuando se marchen hoy los militares, todo será otra vez como anteriormente!... ¡Pueden decir lo que quieran, pero Mascha es una mujer muy buena..., muy honrada!... Yo la quiero mucho y estoy agradecido a mi suerte... ¡Nuestro destino es muy diverso!... Aquí, en tiempos, trabajaba un tal Kosiarev... ¡Estudiaba conmigo, pero le echaron en el quinto año, porque nunca fue capaz de comprender lo que era «ut consecutibum»!... Ahora está muy pobre y terriblemente enfermo y, cuando nos encontramos, le digo: «¡Hola, ut consecutibum!»... «Eso... dice, «consecutibum»..., y tose. Yo, en cambio, toda mi vida he tenido suerte. Soy feliz, y hasta tengo una «Stanislav» (13) de segundo grado, y ahora soy quien enseña a los demás este «ut consecutibum». ¡Claro que soy hombre inteligente!... ¡Más inteligente que muchos, aunque la felicidad no dependa de eso! (Se oye interpretar al piano la «Plegaria de una joven».)
IRINA.-¡Y mañana por la tarde ya no oiré esta «Plegaria de una joven» ni me encontraré con Protopopov!... (Pausa.) ¡Ahí está sentado, en la sala, ese Protopopov... ¡También hoy ha venido!
KULIGUIN.-¿Y la directora?... ¿No ha llegado todavía?
IRINA.-No. Han ido a buscarla... ¡Si supieran ustedes lo difícil que resulta vivir aquí sola..., sin Olia!... ¡Como es la directora, reside en el colegio, donde está todo el día ocupada, mientras yo, aquí sola, me aburro, no tengo nada que hacer, y he llegado a tomar odio a mi habitación!... ¡Lo he decidido! ¡Si no es mi destino estar en Moscú, que no lo sea! ¡Quiere decirse que es ese mi destino, y no hay nada que hacer!... ¡Todo es voluntad de Dios!... Lo cierto es que Nikolai Lvovich ha pedido mi mano, que yo lo he pensado y me he decidido... Es un hombre muy bueno... Hasta asombra que lo sea tanto, y me parece, de pronto, que a mi alma le han crecido alas... Estoy más contenta, más ligera, y otra vez con ganas de trabajar... Solo que ayer pasó algo..., algún misterio que se cierne sobre mí...
CHEBUTIKIN.-«Renyxa», «Chepuja».
NATASCHA.-(Desde la ventana.) ¡Ya está aquí la directora!
KULIGUIN.-Llega la directora. Vámonos. (Él e IRINA entran en la
casa.)
CHEBUTIKIN.-(Leyendo el periódico, canturreando a media voz.) «Ta-ra-rá... Bumbia»... «Sentado estoy»... (Acerca su asiento a MASCHA. Por el fondo se ve pasar a ANDREI, empujando el cochecillo.)
MASCHA.-Usted ahí, sentadito...
CHEBUTIKIN.-¿Y qué?
MASCHA.-(Sentándose a su vez.) Nada. (Pausa.) ¿Tuvo usted cariño a mi madre?
CHEBUTIKIN.-Mucho.
MASCHA.-¿Y ella a usted?
CHEBUTIKIN.-(Después de una pausa.) De eso ya no me acuerdo.
MASCHA.-¿Está aquí «el mío»?... Así solía decir en tiempos María, nuestra cocinera, cuando hablaba de su bombero: «el mío»... ¿El mío -pregunto yo- está aquí?
CHEBUTIKIN.-No ha venido todavía.
MASCHA.-Cuando se coge la felicidad a ratitos..., a pedacitos... como yo, y luego se pierde..., poco a poco, se embrutece uno y se va haciendo malo. (Llevándose la mano al pecho.) Aquí dentro siento algo bullir... (Contemplando a ANDREI, que avanza, empujando el cochecito.) Aquí viene nuestro hermanito Andrei... ¡Todas nuestras esperanzas fueron vanas! ¡Imagínese que miles de gentes hubieran empleado mucho esfuerzo y dinero en levantar una campana, y que ésta, de repente, se cayera y se rompiera!... ¡Pues eso es Andrei!
ANDREI.-¿Cuándo, por fin, va a haber tranquilidad en esta casa?... ¡Qué ruido!
CHEBUTIKIN.-Pronto va. (Consultando el reloj.) Es un reloj antiguo y tiene sonería. (Haciendo funcionar ésta.) A la una en punto saldrán la primera, la segunda y la quinta baterías. (Pausa.) Yo..., mañana.
ANDREI.-¿Se va para siempre?
CHEBUTIKIN.-Eso no lo sé. Puede que vuelva dentro de un año, aunque..., ¡que diablos!..., ya es igual. (De un punto distante llega el sonido de un arpa y de un violín.)
ANDREI.-La ciudad se quedará vacía... Parecerá que le han puesto encima una tapadera. (Pausa.) Ayer, junto al teatro, pasó algo... Todo el mundo habla de ello, pero no sé lo que fue.
CHEBUTIKIN.-¡Nada!... ¡Tonterías!... Solionii estuvo provocando al barón, éste se acaloró y le ofendió, teniendo, por fin, Solionii que desafiarlo... (Mirando al reloj.) Ya es la hora... Me parece que era a la una y media en el campo forestal..., en ese que se ve desde aquí..., al otro lado del río..., donde iba a ser el «pifpaf»... (Riendo.) ¡Solionii se figura que es un Lermontov!... ¡Hasta hace versos!... Bromas aparte, éste es ya su tercer duelo.
MASCHA.-¿De quién?
CHUBUTIKIN.-De Solionii.
MASCHA.-¿Y el barón?
CHEBUTIKIN.-¿Qué barón? (Pausa.)
MASCHA.-Se me embrolla todo en la cabeza... Pero ¡no hay que permitírselo!... ¡Puede herir y hasta matar al barón!...
CHEBUTIKIN.-¡El barón es una excelente persona, pero, barón más o menos..., qué más da!... ¡Que sea lo que sea!... Es igual. (Al otro lado del jardín se oye el grito de «¡gop-gop!») ¡Espérate, si quieres!... Es Skovortzov, el testigo, el que llama... Está sentado en la barquita. (Pausa.)
ANDREI.-A mi juicio, tomar parte en un duelo, o presenciarlo aunque sea en calidad de médico, es sencillamente inmoral.
CHEBUTIKIN.-Así parece, pero solo lo parece... ¡El mundo está vacío..., nosotros no existimos, y únicamente lo parece!...
MASCHA.-¡Y que se pase usted así el día entero! ¡Habla, habla que te habla!... (Echando a andar.) ¡Además, vivir en este clima, en el que a cada momento puede empezar a nevar..., tener que escuchar este género de conversación! (Deteniéndose.) No entro en casa. Se me resiste el entrar en ella. Cuando venga Verschinin, avíseme. (Alejándose por la alameda.) ¡Ya se marchan los pájaros emigrantes!... (Mirando a lo alto.) ¿Son cisnes o gansos?... ¡Oh, queridos!... ¡Felices vosotros! (Sale.)
ANDREI.-Nuestra casa se quedará vacía... Los oficiales se marcharán, se marchará usted, mi hermana se casará, y yo me quedaré solo en ella...
CHEBUTIKIN.-Sin embargo..., ¿su mujer?



Escena II
Entra FERAPONT con papeles para firmar.
ANDREI.-¡La mujer es la mujer!... Es honrada..., buena..., pero, a pesar de esto, tiene en sí algo que la rebaja a la altura de un animal áspero, pequeño, ciego... La verdad es que no hay persona en ella... Le estoy hablando como a un amigo..., como al único a quien puedo abrir mi alma... Cierto que quiero a Natascha, pero a veces la encuentro asombrosamente vulgar, y entonces me pierdo y no comprendo por qué la quiero tanto o, por lo menos, por qué la quería...
CHEBUTIKIN.-(Levantándose.) Mañana me marcho, hermano... Puede que no volvamos a vernos, por lo que aquí tienes mi consejo: ponte el gorro, coge un garrote y márchate... Márchate y échate a andar sin volver atrás la vista... Y cuanto más lejos vayas, mejor será...



Escena III
Por el fondo del escenario pasa SOLIONII acompañado de dos oficiales. Al divisar a CHEBUTIKIN, avanza hacia él. Los oficiales siguen su camino.
SOLIONII.-Doctor, es la hora... Son ya las doce y media. (Saluda a ANDREI.)
CHEBUTIKIN.-Al instante. ¡Cómo me aburrís todos! (A ANDREI.) Si pregunta alguien por mí, Andriuscha, di que en seguida vengo. (Suspirando.) ¡Ay! ¡Ay!...
SOLIONII.-«Apenas había tenido tiempo de decir ¡ay!..., cuando ya el oso se le había echado encima»... ¿Por qué suspira usted, viejo?
CHEBUTIKIN.-¡Deja!
SOLIONII.-¿Y esa salud? ¿Cómo va?
CHEBUTIKIN.-(Con irritación.) ¡De primera!
SOLIONII.-¡Se inquieta usted sin motivo, viejo!... ¡No es gran cosa lo que voy a hacer!... ¡Me limitaré a matarle como a una chocha! (Saca del bolsillo un frasco de perfume y se rocía con él las manos.) Hoy me llevo echado un frasco entero, y sigo oliendo... Me huele a cadáver. (Pausa.) ¡Así es!... ¿Recuerda usted estos versos?: «¡Y el rebelde busca la tormenta, como si en la tormenta estuviera la paz!» (14).
CHEBUTIKIN.-En efecto... «¡No había tenido tiempo de decir ¡ay!..., cuando va el oso se le había echado encima!» (Salen él y SOLIONII. Se oye gritar: «¡Gop-gop!»... Entran ANDREI y FERAPONT.)
FERAPONT.-Tiene que firmar estos papeles.
ANDREI.-(Nervioso.) ¡Déjame! ¡Déjame, haz el favor!... (Sale empujando el cochecito.)
FERAPONT.-¡Para eso son papeles! ¡Para firmarlos! (Se retira al fondo del escenario.)



Escena IV
Entran IRINA y TUSENBACH éste con sombrero de paja. KULIGUIN atraviesa la escena llamando a gritos: «¡Mascha! ¡Mascha!»
TUSENBACH.-Al parecer, es la única persona en la ciudad que se alegra de que se vayan los militares.
IRINA.-Es natural... La ciudad va a vaciarse. (Pausa.)
TUSENBACH.-¡Querida!... En seguida vuelvo.
IRINA.-¿Adónde vas?
TUSENBACH.-Tengo que ir a la ciudad, y después a despedirme de los amigos.
IRINA.-¡Mentira!... ¡Nikolai!... ¿Por que estás hoy tan distraído? (Pausa.) ¿Qué pasó ayer junto al teatro?
TUSENBACH.-(Con gesto de impaciencia.) Dentro de una hora volveré a estar contigo. (Besándole las manos.) ¡Amor mío!... (Contemplando fijamente su rostro.) ¡Hace ya cinco años que te quiero, y todavía no he podido acostumbrarme a como eres! ¡Cada vez te veo más maravillosa!... ¡Qué bonito... qué precioso pelo!... ¡Qué ojos!... Mañana te llevaré conmigo..., trabajaremos..., seremos ricos... ¡Mis sueños se volverán realidad! ¡Serás feliz!... Pero ¡lo que sí ocurre es una cosa..., una cosa... que no me quieres!
IRINA.-¡Eso no está en mi poder!... ¡Seré una esposa fiel y sumisa, pero... no me pidas amor!... ¡Qué se le va a hacer!... (Llorando.) ¡No he querido ni una sola vez en mi vida!... ¡Oh, cuánto he soñado con el amor!... ¡Hace tiempo que de día y de noche sueño con él, pero mi alma es como un precioso piano cerrado del que se hubiera perdido la llave!... (Pausa.) ¡Hay como una inquietud en tu mirada!
TUSENBACH.-¡Es que no he dormido en toda la noche!... ¡En mi vida, que no contiene nada terrible que pueda serme motivo de susto, solo esa llave perdida me atormenta el alma y me impide el sueño!... ¡Dime algo!...
IRINA.-¿El qué?... ¿Qué voy a decirte?... ¿Qué?...
TUSENBACH.-No sé... Algo.
IRINA.-¡Bueno..., bueno!... (Pausa.)
TUSENBACH.-¡Cuántas veces las pequeñeces más tontas adquieren, de pronto, en la vida un significado!... ¡Uno sigue riéndose de ellas, considerándolas eso..., pequeñeces y, sin embargo, no tiene fuerzas para dominarse!... ¡Oh..., no vamos a continuar hablando de esto! ¡Estoy alegre! ¡Se me figura que es la primera vez en mi vida que veo estos abetos, estos abedules y estos álamos!... ¡Todo me mira curioso y espera!... ¡Qué árboles más hermosos!..., ¡Qué hermoso debe de ser, en realidad, vivir a su lado!... (Se oye el grito de «¡gop-gop!».) Hay que irse. Ya es la hora... Mira...: este árbol está seco y, sin embargo, el viento lo agita como a los demás... También yo, si me muriera, se me figura que continuaría participando de la vida de un modo u otro... ¡Adiós, amor mío!... (Le besa las manos.) Encontrarás los papeles que me diste sobre la mesa, debajo del calendario.
IRINA.-¡Voy contigo!
TUSENBACH.-(Inquieto.) ¡No, no! (Toma apresuradamente el camino de la alameda, pero se detiene.) ¡Irina! IRINA.-¿Qué?
TUSENBACH.-(Sin saber qué decir.) Hoy no tomé café... Di que me lo preparen. (Sale rápidamente. IRINA queda pensativa; luego se dirige al fondo del escenario y se sienta en el columpio. Entra ANDREI, empujando el cochecito; después, FERAPONT.)
FERAPONT.-¡Los papeles no son míos, Andrei Sergueich! ¡Son del Estado!... ¡No los he inventado yo!
ANDREI.-¡Oh, dónde se fueron los tiempos aquellos en los que era joven, alegre, inteligente..., cuando tenía el pensamiento lleno de delicadezas y el presente y el porvenir iluminados por la esperanza!... ¿Por qué, apenas hemos empezado a vivir, nos volvemos ya aburridos, grises, ininteresantes, perezosos, indiferentes, inútiles, desgraciados?... ¡Nuestra ciudad tiene doscientos años de existencia y cien mil habitantes y, sin embargo, no hay uno solo entre ellos que sea distinto a los demás!... ¡Ni uno solo que, ni antes ni ahora, haya sobresalido en algo! ¡Ni un sabio, ni un artista, ni una persona de alguna notabilidad, capaz de despertar la envidia o el deseo apasionado de la emulación!... ¡Todos se limitan a comer, a beber, a dormir..., para luego terminar muriendo! Los que nacen después, también comen, beben, duermen y, para impedir que el aburrimiento llegue a embotarles, introducen, como variante en su vida, los chismes, el vodka, los naipes, los pleitos!... ¡Las mujeres engañan a sus maridos, los maridos mienten y hacen como si no vieran ni oyeran nada; una influencia irremisiblemente perniciosa oprime a los niños, que, apagándose en ellos la chispa divina, se convierten en tan lamentables cadáveres, semejantes entre sí, como lo fueron su padre y su madre!... (A FERAPONT, con enfado.) ¿Qué quieres?
FERAPONT.-¿Cómo dice?... Le traigo papeles para firmar.
ANDREI.-¡Me estás aburriendo!
FERAPONT.-(Tendiéndole los papeles.) Decía ahora el portero de la Delegación de Hacienda que si en invierno en Petersburgo hace doscientos grados bajo cero.
ANDREI.-¡El presente me repugna, pero, en cambio, cuando pienso en el futuro, qué bienestar experimento!... ¡Siento como el ánimo se me aligera y se me ensancha..., veo una luz centellear a lo lejos..., veo a mis hijos liberados de la ociosidad, del «kvas» (15), del ganso con repollo, de la siesta tras la comida y del vil parasitismo!
FERAPONT.-¡Dicen que han muerto dos mil hombres! ¡La gente, dicen, estaba espantada!... No sé si ha sido en Petersburgo o en Moscú... No me acuerdo bien...
ANDREI.-(Con honda ternura.) ¡Oh, hermanas mías queridas!... ¡Mis admirables hermanas!... (Con lágrimas en los ojos.) ¡Mascha!... ¡Hermana mía!
NATASCHA.-¿Quién habla ahí tan alto? ¿Eres tú, Andriuscha? ¡Vas a despertar a Sofechka!... «Il faut ne pas faire du bruit!... La Sophie est dormie dejà!... Vous êtes un ours!»... (En tono de enfado.) ¡Si quieres hablar, suelta el cochecito del niño! ¡Ferapont! ¡Cójale al señor el cochecito!
FERAPONT.-Lo que usted mande. (Coge el cochecito.)
ANDREI.-(Azorado.) Pero ¡si estaba hablando bajo!...
NATASCHA.-(Detrás de la ventana, jugando con el niño.) ¡Bobik!... ¡Bobik. travieso!... ¡Bobik, feo!...
ANDREI.-(Revisando los papeles.) Bien. Ya los miraré, firmaré los que haya que firmar, y te los llevarás otra vez a la Delegación. (Se adentra en la casa leyendo los papeles. FERAPONT lleva el cochecito hacia el fondo del jardín.)
NATASCHA.-(Detrás de la ventana.) ¡Bobik!... ¿Cómo se llama tu mamá?... ¡Cariñito! ¡Cariñito!... Y ésta, ¿quién es?... ¡Es tía Olia!... A ver como le dices a la tía: «¡Hola, tía Olia!»



Escena V
Dos músicos ambulantes, un hombre y una joven, entran y se ponen a tocar el arpa y el violín. De la casa salen VERSCHININ, OLGA y ANFISA, que permanecen un minuto escuchándoles en silencio. IRINA se acerca.
OLGA.-¡Nuestro jardín se ha convertido en una calle de paso! ¡Todo el que quiere, lo mismo sea a pie que a caballo, cruza por él!... ¡Ama..., da algo a esos músicos!
ANFISA.-(Dándoles unas monedas.) ¡Vayan con Dios! (Los músicos saludan y se marchan.) ¡Pobre gente! ¡No será por estar muy satisfechos por lo que tocan!... (A IRINA, besándola.) ¡Buenos días, Arischa! ¡No sabes lo bien que estoy viviendo! ¡En el colegio, en un piso oficial y con Oliuscha!... ¡Así lo ha querido Dios!... ¡Que viva en mi vejez como nunca pecadora de mí desde que nací he vivido! ¡Es un piso grande..., oficial... y tengo para mí sola un cuarto con una cama!... ¡Todo es oficial!... Y cuando me despierto por la noche..., ¡Virgen Santísima!..., no hay en el mundo persona más feliz que yo.
VERSCHININ.-(Mirando al reloj.) Nos vamos ya, Olga Sergueevna. Es hora de marcharse. (Pausa.) ¡La deseo cuanto mejor..., mejor! ¿Dónde está María Sergueevna?
IRINA.-En el jardín, supongo. Voy, a buscarla.
VERSCHININ.-¡Si es usted tan buena!... Tengo prisa.
ANFISA.-También yo iré a buscarla. (Llamando a voces.) ¡Mascheñka! (Adentrándose con IRINA en el jardín, y en el fondo de éste.) ¡Uuuu!...
VERSCHININ.-¡A todo le llega su fin!... ¡Tenemos, pues, que separarnos!... (Mira la hora.) La ciudad nos ha obsequiado con un a modo de almuerzo... ¡Se bebió champán, el alcalde pronunció un discurso, y yo estuve comiendo y escuchando mientras mi alma estaba aquí, entre ustedes!... (Paseando la mirada por el jardín.) ¡Cómo me había acostumbrado a su compañía!...
OLGA.-¿Volveremos a vernos alguna vez?
VERSCHININ.-Seguramente, no. (Pausa.) Mi mujer y mis niñas seguirán aquí todavía un par de meses... ¡Por favor!... ¡Si les ocurriera o necesitaran algo!...
OLGA.-¡Desde luego! ¡Pierda cuidado! ¡Esté tranquilo! (Pausa.) ¡Mañana no habrá ya en la ciudad un solo militar!... ¡Todo se volverá recuerdo, mientras para nosotras comenzará, naturalmente, una nueva vida!... (Pausa.) Las cosas no salen conforme a nuestro gusto, sino al revés. Yo no quería ser directora, y lo soy... Lo cual quiere decir que no iremos a Moscú.
VERSCHININ.-Bueno... Gracias por todo. ¡Perdóneme si hubo algo que lo fuera de su agrado!... Hablé mucho..., demasiado... por lo que también le pido perdón. ¡No guarde mal recuerdo de mí!
OLGA.-(Enjugándose los ojos.) ¿Por qué no vendrá Mascha?
VERSCHININ.-¿Qué más puedo decirle de despedida?... (Riendo.) ¿Sobre qué filosofar?... ¡La vida es difícil!... ¡A cuántos de nosotros se nos antoja sorda y desesperada y, sin embargo, hay que reconocer que cada día se va haciendo más clara, más fácil, por lo que es de suponer no está ya muy lejos el tiempo en que se aclare del todo! (Consultando el reloj.) Ya es hora de marcharse... Antes, la Humanidad era guerrera..., ocupaba su existencia en expediciones militares, asaltos, conquistas...; pero ahora todo eso, al morir, ha dejado un enorme espacio vacío que, por el momento, nada ha llenado... La Humanidad busca con ardor, y llegará a encontrar..., naturalmente... ¡Si al menos, ay, se hubiera dado más prisa!... (Pausa.) ¡Si al afán de trabajo pudiera añadirse la instrucción, y la instrucción al afán de trabajo!... (Mirando al reloj.) Es tarde. Tengo que
marcharme...
OLGA.-Aquí viene.



Escena VI
Entra MASCHA.
VERSCHININ.-Vengo a despedirme. (OLGA se retira a un lado para no importunar la despedida.)
MASCHA.-(Fijando los ojos en su rostro.) ¡Adiós! (Largo beso.)
OLGA.-¡Basta! ¡Basta! (MASCHA solloza convulsivamente.)
VERSCHININ.-Escríbeme. No me olvides. Déjame. Ya es hora... ¡Olga Sergueevna! ¡Cójala!... Se me hace tarde..., va voy retrasado. (Besa, conmovido, las manos de OLGA, vuelve a abrazar a MASCHA, y sale rápidamente.)
OLGA.-¡Bueno, Mascha!... ¡Basta ya, querida! (Entra KULIGUIN.)
KULIGUIN.-(Azorado.) ¡No importa!... ¡Déjala que llore! ¡Déjala!... ¡Mi buena, mi querida Mascha!... ¡Eres mi mujer! ¡Pese a todo, soy feliz!... ¡No me quejo! ¡No te hago ningún reproche! ¡Olia es testigo!... ¡Empezaremos otra vez a vivir como antes..., y yo no te diré ni una palabra ni te haré la menor alusión!...
MASCHA.-(Reprimiendo los sollozos.)
¡Junto al mar hay un roble verde,
con una cadena de oro prendida en él!
Con una cadena de oro prendida en él...

¡Me vuelvo loca! ¡Junto al mar!... ¡Roble verde!...
OLGA.-¡Cálmate, Mascha!... ¡Cálmate!... Dale agua.
MASCHA.-Ya no lloro...
KULIGUIN.-¡Ella ya no llora! ¡Ella es muy buena!... (Se oye un tiro, lejano y seco.)
MASCHA.-
¡Junto al mar hay un roble verde,
con una cadena de oro prendida en él!

¿El gato verde... o el roble verde?... ¡Yo estoy confundiendo todo! (Bebe agua.) ¡La vida malograda!... ¡Ya nada necesito... Ahora me calmo... Es igual!...



Escena VII
Entra IRINA.
OLGA.-¡Tranquilízate, Mascha!... Así... ¡Si eres muy buena!... ¡Vámonos a mi cuarto!
MASCHA.-(Con enfado.) ¡Yo no! (Deja oír un breve sollozo, que en el acto contiene.) ¡Ni entro ni entraré en casa!
IRINA.-¡Estémonos aquí sentadas juntas..., aunque sea sin hablar!... Mañana me marcho. (Pausa.)
KULIGUIN.-Ayer, en la clase de tercero, le cogí a un chico estos bigotes y esta barba. (Colocándose ambos sobre el rostro.) Así me parezco al profesor de alemán. (Riendo.) ¿No es verdad?... ¡Qué gracia tienen estos chiquillos!
MASCHA.-En efecto..., así te pareces a vuestro alemán.
OLGA.-(Riendo.) Mucho. (MASCHA llora.)
IRINA.-¡Ya está bien, Mascha!
KULIGUIN.-Me parezco mucho.



Escena VIII
Entra NATASCHA.
NATASCHA.-(A la DONCELLA.) ¿Cómo?... ¡Pues con Sofechka se quedará Protopopov Mijail Ivanich, y a Bobik que le pasee Andrei Sergueich!... ¡Cuánto quehacer dan los niños!... (A IRINA.) ¡Irina!... ¡Qué pena que te vayas mañana!... ¡Si al menos te quedarás una semana!... ¡Quédate un poco más! (Lanza un grito al mirar a KULIGUIN, que se quita, riendo, los bigotes y la barba.) ¡Ay!... ¡Qué susto me ha dado usted!... (A IRINA.) Me había acostumbrado mucho a tu compañía... ¿Crees que va a serme fácil el que nos separemos?... Haré que Andrei se traslade a tu habitación con su violín ¡que lo rasque allí!-, y en la suya pondremos a Sofechka. ¡Qué preciosidad de criatura! ¡Qué nenita más encantadora!... Hoy, mirándome con sus ojitos, dijo: «¡Mamá!»...
KULIGUIN.-¡La verdad es que es una maravilla de criatura!...
NATASCHA.-Conque, entonces..., ¿ya mañana me quedo aquí sola? (Suspira.) Lo primero que voy a hacer es mandar que quiten esa alameda de abetos..., luego estos álamos. ¡Resultan tan feos al anochecer! (A IRINA.) ¡Querida!... ¡No te está nada bien ese cinturón! ¡Es de mal gusto! ¡Tendrías que ponerte algo clarito!... ¡Después, aquí, por todas partes, mandaré plantar florecitas y florecitas, y habrá un olor!... (En tono severo.) ¿Qué hace ahí ese tenedor, tirado en ese banco? (A la DONCELLA, entrando en la casa.) ¿Por qué, pregunto yo, está ese tenedor en ese banco? (Con un grito.) ¡Calle!
KULIGUIN.-Ya está armándola. (Se oyen los compases de una marcha militar.)
OLGA.-¡Se van!



Escena IX
Entra CHEBUTIKIN.
MASCHA.-¡Ya se van los nuestros!... ¡Qué se le va a hacer!... ¡Buen viaje! (A su marido.) Vámonos nosotros a casa. ¿Dónde está mi capa y mi sombrero?
KULIGUIN.-Los dejaste allí. Ahora mismo te los traigo.
OLGA.-Sí... ¡Ya es hora de irse cada cual a su casa!...
CHEBUTIKIN.-¡Olga Sergueevna!
OLGA.-¿Qué? (Pausa.)
CHEBUTIKIN.-Nada... ¡No sé cómo decírselo! (Le murmura algo al oído.)
OIGA.-(Espantada.) ¿Será posible?
CHEBUTIKIN.-Sí... ¡Ése es el caso!... ¡Estoy agotado!... ¡No tengo ánimos para hablar más! (Con acento de enojo.) ¡Qué más da, después de todo!
MASCHA.-Pero ¿qué ha ocurrido?
OLGA.-(Rodeando entre sus brazos a IRINA.) ¡Qué terrible día el de hoy!... ¡No sé, querida, cómo decírtelo!
IRINA.-¿Decirme el qué?... ¡Pronto! ¡Lo que sea!... ¡Por el amor de Dios! (Llora.)
CHEBUTIKIN.-¡En el duelo ha resultado muerto el barón!
IRINA.-(Llorando silenciosamente.) ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!
CHEBUTIKIN.-(Sentándose en un banco, al fondo del escenario.) ¡Estoy cansado! (Saca un periódico del bolsillo.) ¡Dejémoslas llorar! (Canturreando a media voz.) «Tra-ra-rá... Bumbiá... ¡Sentado estoy!» ¡Qué más da!... ¡Es igual! (Las tres hermanas están de pie, estrechándose una contra otra.)
MASCHA.-¡Oh, cómo toca la música!... ¡Nos dejan!... ¡Y uno se fue para siempre..., para siempre..., y nosotras nos quedamos solas para empezar a vivir de nuevo!... Porque..., es preciso vivir... Es preciso vivir...
IRINA.-(Reclinando la cabeza sobre el pecho de OLGA.) ¡Llegará un día en el que todo el mundo sepa por qué es todo esto... Para qué son todos estos sufrimientos... Ya no habrá misterios, pero, entre tanto..., hay que vivir!... ¡Hay que trabajar!... ¡Únicamente eso..., trabajar!... ¡Yo mañana me marcharé sola a trabajar en la escuela!... ¡Dedicaré mi vida entera a cuantos puedan necesitar de ella!... ¡Ya estamos en otoño, pronto llegará el invierno, todo se cubrirá de nieve y yo seguiré trabajando..., trabajando!...
OLGA.-(Rodeando con los brazos a sus hermanas.) ¡Oíd qué alegre, que animadamente suena la música! ¡Uno tiene deseo de vivir!... ¡Oh, Dios mío!... ¡Pasarán los años y nos iremos para siempre!... ¡Seremos olvidados!... ¡Se olvidarán de cuántos éramos y de cómo eran nuestros rostros..., nuestras voces..., y, sin embargo, de nuestros sufrimientos presentes nacerá la alegría de cuantos hayan de sucedernos en la vida!... ¡La felicidad y la paz llenarán la tierra, y las gentes, al recordar a los que ahora vivimos, tendrán para nosotros una buena palabra y nos bendecirán!... ¡Oh, mis queridas hermanas!... ¡Nuestra vida aún no ha terminado!... ¡Seguiremos viviendo!... ¡Qué alegre..., qué alegremente suena la música!... ¡Un poco más, y diríase que íbamos a saber para qué vivimos..., para qué sufrimos!... ¡Si uno pudiera saber!... ¡Si uno pudiera saber!... (La música suena cada vez más lejana, KULIGUIN entra sonriente con el sombrero y la capa, ANDREI empuja el cochecito en el que va sentado BOBIK.)
CHEBUTIKIN.-(Canturreando a media voz.) «Tra-ra-rá... Bumbiá... ¡Sentado estoy!»... (Poniéndose a leer el periódico.) ¡Qué más da! ¡Qué más da!...
OLGA.-¡Si uno pudiera saber!... ¡Si uno pudiera saber!... (Telón.)





No hay comentarios: